A la reina doña Isabel

A la reina doña Isabel

Serenísima reina, en quien se halla lo que Dios pudo dar a un ser humano; amparo universal del ser cristiano, de quien la santa fama nunca calla;

arma feliz, de cuya fina malla se viste el gran Felipe soberano, ínclito rey del ancho suelo hispano a quien Fortuna y Mundo se avasalla:

¿cuál ingenio podría aventurarse a pregonar el bien que estás mostrando, si ya en divino viese convertirse?

Que, en ser mortal, habrá de acobardarse, y así, le va mejor sentir callando aquello que es difícil de decirse.