A los éxtasis de Teresa de Jesús

A los éxtasis de Teresa de Jesús

Virgen fecunda, madre venturosa, cuyos hijos, criados a tus pechos, sobre sus fuerzas la virtud alzando, pisan ahora los dorados techos de la dulce región maravillosa que está la gloria de su Dios mostrando: tú, que ganaste obrando un nombre en todo el mundo y un grado sin segundo, ahora estés ante tu Dios postrada, en rogar por tus hijos ocupada, o en cosas dignas de tu intento santo, oye mi voz cansada y esfuerza, ¡oh madre!, el desmayado canto.

Luego que de la cuna y las mantillas sacó Dios tu niñez, diste señales que Dios para ser suya te guardaba, mostrando los impulsos celestiales en ti, con ordinarias maravillas, que a tu edad tu deseo aventajaba; y si se descuidaba de lo que hacer debía, tal vez luego volvía mejorado, mostrando codicioso que el haber parecido perezoso era un volver atrás para dar salto, con curso más brïoso, desde la tierra al cielo, que es más alto.

Creciste, y fue creciendo en ti la gana de obrar en proporción de los favores con que te regaló la mano eterna, tales que, al parecer, se alzó a mayores contigo alegre Dios en la mañana de tu florida edad humilde y tierna; y así tu ser gobierna que poco a poco subes sobre las densas nubes de la suerte mortal, y así levantas tu cuerpo al cielo, sin fijar las plantas, que ligero tras sí el alma le lleva a las regiones santas con nueva suspensión, con virtud nueva.

Allí su humildad te muestra santa; acullá se desposa Dios contigo, aquí misterios altos te revela. Tierno amante se muestra, dulce amigo, y, siendo tu maestro, te levanta al cielo, que señala por tu escuela; parece se desvela en hacerte mercedes; rompe rejas y redes para buscarte el Mágico divino, tan tu llegado siempre y tan contino que, si algún afligido a Dios buscara, acortando camino en tu pecho o en tu celda le hallara.

Aunque naciste en Ávila, se puede decir que Alba fue donde naciste, pues allí nace donde muere el justo; desde Alba, ¡oh madre!, al cielo te partiste: alba pura, hermosa, a quien sucede el claro día del inmenso gusto. Que le goces es justo en éxtasis divinos por todos los caminos por donde Dios llevar a un alma sabe, para darle de sí cuanto ella cabe, y aun la ensancha, dilata y engrandece y, con amor süave, a sí y de sí la junta y enriquece.

Como las circunstancias convenibles que acreditan los éxtasis, que suelen indicios ser de santidad notoria, en los tuyos se hallaron, nos impelen a creer la verdad de los visibles que nos describe tu discreta historia; y el quedar con victoria, honroso triunfo y palma del infierno, y tu alma más humilde, más sabia y obediente al fin de tus arrobos, fue evidente señal que todos fueron admirables y sobrehumanamente nuevos, continuos, sacros, inefables.

Ahora, pues, que al cielo te retiras, menospreciando la mortal riqueza en la inmortalidad que siempre dura, y el visorrey de Dios nos da certeza que sin enigma y sin espejo miras de Dios la incomparable hermosura, colma nuestra ventura: oye, devota y pía, los balidos que envía el rebaño infinito que crïaste cuando del suelo al cielo el vuelo alzaste, que no porque dejaste nuestra vida la caridad dejaste, que en los cielos está más extendida.

Canción, de ser humilde has de preciarte cuando quieras al cielo levantarte, que tiene la humildad naturaleza de ser el todo y parte de alzar al cielo la mortal bajeza.