A quién irá mi doloroso canto...

A quién irá mi doloroso canto…

Al Ilustrísimo y Reverendísimo Cardenal don Diego de Espinosa

¿A quién irá mi doloroso canto, o en cúya oreja sonará su acento, que no deshaga el corazón en llanto? A ti, gran cardenal, yo le presento, pues vemos te ha cabido tanta parte del hado secutivo vïolento. Aquí verás qu’el bien no tiene parte: todo es dolor, tristeza y desconsuelo lo que en mi triste canto se reparte. ¿Quién dijera, señor, que un solo vuelo de una ánima beata al alta cumbre pusiera en confusión al bajo suelo? Mas, ¡ay!, que yace muerta nuestra lumbre: el alma goza de perpetua gloria, y el cuerpo de terrena pesadumbre.

No se pase, señor, de tu memoria cómo en un punto la invincible muerte lleva de nuestras vidas la victoria. Al tiempo que esperaba nuestra suerte poderse mejorar, la sancta mano mostró por nuestro mal su furia fuerte. Entristeció a la tierra su verano, secó su paraíso fresco y tierno, el ornato añubló del ser cristiano.

Volvió la primavera en frío invierno, trocó en pesar su gusto y alegría, tornó de arriba abajo su gobierno. Pasóse ya aquel ser que ser solía a nuestra obscuridad claro lucero, sosiego del antigua tiranía. A más andar el término postrero llegó, que dividió con furia insana del alma sancta el corazón sincero. Cuanto ya nos venía la temprana dulce fruta del árbol deseado, vino sobre él la frígida mañana.

Quien detuvo el poder de Marte airado que no pasase más el alto monte, con prisiones de nieve aherrojado, no pisará ya más nuestro horizonte, que a los campos Elíseos es llevada sin ver la obscura barca de Caronte. A ti, fiel pastor de la manada seguntina, es justo y te conviene aligerarnos carga tan pesada.

Mira el dolor que el gran Filipo tiene: allí tu discreción muestre el alteza que en tu divino ingenio se contiene. Bien sé que le dirás que a la bajeza de nuestra humanidad es cosa cierta no tener solo un punto de firmeza, y que, si yace su esperanza muerta y el dolor vida y alma le lastima, que a do la cierra, Dios abre otra puerta.

Mas, ¿qué consuelo habrá, señor, que oprima algún tanto sus lágrimas cansadas si una prenda perdió de tanta estima? Y más si considera las amadas prendas que le dejó en la dulce vida y con su amarga muerte lastimadas. Alma bella, del cielo merescida, mira cuál queda el miserable suelo sin la luz de tu vista esclarescida: verás que en árbor verde no hace vuelo el ave más alegre, antes ofresce en su amoroso canto triste duelo.

Contino en grave llanto se anochece el triste día que te imaginamos con aquella virtud que no perece; mas deste imaginar nos consolamos en ver que merescieron tus deseos que goces ya del bien que deseamos. Acá nos quedarán por tus trofeos tu cristiandad, valor y gracia estraña, de alma sancta sanctísimos arreos. De hoy más, la sola y afligida España, cuando más sus clamores levantare al summo Hacedor y alta compaña, cuando más por salud le importunare al término postrero que perezca y en el último trance se hallare, sólo podrá pedirle que le ofrezca otra paz, otro amparo, otra ventura qu’en obras y virtudes le parezca.

El vano confiar y la hermosura, ¿de qué nos sirve si en pequeño instante damos en manos de la sepultura? Aquel firme esperar sancto y constante, que concede a la fe su cierto asiento y a la querida hermana ir adelante, adonde mora Dios en su aposento nos puede dar lugar dulce y sabroso, libre de tempestad y humano viento.

Aquí, señor, el último reposo no puede perturbarse, ni la vida temer más otro trance doloroso; aquí con nuevo ser es conducida entre las almas del inmenso coro nuestra Isabela, reina esclarescida; con tal sinceridad guardó el decoro, do al precepto divino más se aspira, que meresce gozar de tal tesoro. ¡Ay muerte!, ¿contra quién tu amarga ira quesiste ejecutar para templarme con profundo dolor mi triste lira? Si nos cansáis, señor, ya descucharme, anudaré de nuevo el roto hilo, que la ocasión es tal que ha d’esforzarme; lágrimas pediré al corriente Nilo, un nuevo corazón al alto cielo, y a las más tristes musas triste estilo. Diré que al duro mal, al grave duelo que a España en brazos de la muerte tiene, no quiso Dios dejarle sin consuelo: dejóle al gran Filipo, que sostiene, cual firme basa al alto firmamento, el bien o desventura que le viene.

De aquesto, vos lleváis el vencimiento, pues deja en vuestros hombros él la carga del cielo y de la tierra, y pensamiento. La vida que en la vuestra ansí se encarga muy bien puede vivir leda y segura, pues de tanto cuidado se descarga; gozando, como goza, tal ventura el gran señor del ancho suelo hispano, su mal es menos y nuestra desventura. Si el ánimo real, si el soberano tesoro le robó en un solo día la muerte airada con esquiva mano, regalos son qu’el summo Dios envía a aquél que ya le tiene aparejado sublime asiento en l’alta jerarquía.

Quien goza quïetud siempre en su estado, y el efecto le acude a la esperanza y a lo que quiere nada le es trocado, argúyese que poca confianza se puede tener d’él que goce y vea con claros ojos bienaventuranza. Cuando más favorable el mundo sea, cuando nos ría el bien todo delante y venga al corazón lo que desea, tiénese de esperar que en un instante dará con ello la Fortuna en tierra, que no fue ni será jamás constante.

Y aquel que no ha gustado de la guerra, a do se aflige el cuerpo y la memoria, paresce Dios del cielo le destierra, porque no se coronan en la gloria si no es los capitanes valerosos que llevan de sí mesmos la victoria. Los amargos sospiros dolorosos, las lágrimas sin cuento que ha vertido quien nos puede su vista hacer dichosos, el perder a su hijo tan querido, aquel mirarse y verse cuál se halla de todo su placer desposeído, ¿qué se puede decir sino batalla adonde l’hemos visto siempre armado con la paciencia, qu’es muy fina malla? Del alto cielo ha sido consolado [con] concederle acá vuestra persona, que mira por su honra y por su estado.

De aquí saldrá a gozar de una corona más rica, más preciosa y muy más clara que la que ciñe al hijo de Latona. Con él vuestra virtud, al mundo rara, se tiene de estender de gente en gente, sin poderlo estorbar Fortuna avara; resonará el valor tan excelente que os ciñe, cubre, ampara y os rodea, de donde sale el sol hasta occidente, y allá en el alto alcázar do pasea en mil contentos nuestra reina amada, si puede desear, sólo desea que sea por mil siglos levantada vuestra grandeza, pues que se engrandece el valor de su prenda deseada, que [en] vuestro poderío se paresce del católico rey la summa alteza, que desde un polo al otro resplandesce.

De hoy más, deje del llanto la fiereza el afligida España, levantando con verde lauro ornada la cabeza, que, mientra fuere el cielo mejorando del soberano rey la larga vida, no es bien que se consuma lamentando; y, en tanto que arribare a la subida de la inmortalidad vuestra alma pura, no se entregue al dolor tan de corrida; y más, qu’el grave rostro de hermosura, por cuya ausencia vive sin consuelo, goza de Dios en la celeste altura. ¡Oh trueco glorïoso, oh sancto celo, pues con gozar la tierra has merecido tender tus pasos por el alto cielo! Con esto cese el canto dolorido, magnánimo señor, que, por mal diestro, queda tan temeroso y tan corrido cuanto yo quedo, gran señor, por vuestro.