Bate, fama celoz, las prestas alas...

Bate, fama celoz, las prestas alas…

Bate, Fama veloz, las prestas alas, rompe del norte las cerradas nieblas, aligera los pies, llega y destruye el confuso rumor de nuevas malas y con tu luz desparce las tinieblas del crédito español, que de ti huye; esta preñez concluye en un parto dichoso que nos muestre un fin alegre de la ilustre empresa, cuyo fin nos suspende, alivia y pesa, ya en contienda naval, ya en la terrestre, hasta que, con tus ojos y tus lenguas, diciendo ajenas menguas, de los hijos de España el valor cantes, con que admires al cielo, al suelo espantes.

Di con firme verdad, firme y sigura: ¿hizo el que pudo la victoria vuestra? ¿Sentenciado ha su causa el Padre eterno? ¿Bañada queda en roja sangre y pura la católica espada y fuerte diestra? En fin, de aquel que asiste a su gobierno, ¿poblado ha el hondo infierno de nuevas almas, y de cuerpos lleno el mar, que a los despojos y banderas de las naciones pertinaces, fieras, apenas dio lugar su inmenso seno, del pirata mayor del occidente ya inclinada la frente, y puesto al cuello altivo y indomable del vencimiento el yugo miserable?

Di (que al fin lo dirás): «allí volaron por el aire los cuerpos, impelidos de las fogosas máquinas de guerra; aquí las aguas su color cambiaron, y la sangre de pechos atrevidos humedecieron la contraria tierra»; cómo huye, o si afierra, este y aquel navío; en cuántos modos se aparecen las sombras de la muerte; cómo juega Fortuna con la suerte, no mostrándose igual ni firme a todos, hasta que, por mil varios embarazos, los españoles brazos, rompiendo por el aire, tierra y fuego, declararon por suyo el mortal juego.

Píntanos ya un diluvio con razones, causado de un conflicto temeroso y que le pinta la contraria parte: mil cuerpos sobreaguados y en montones confusos, otros naden cobdiciosos d’entretener la vida en cualquier parte; al descuido, y con arte, pinta rotas entenas, jarcias rotas, quillas sentidas, tablas desclavadas, y, de impaciencia y de rigor armadas, las dos (y no en valor) iguales flotas. Exprime los gemidos excesivos de aquellos semivivos que, ardiendo, al agua fría se arrojaban y, en la muerte del fuego, muerte hallaban.

Después d’esto dirás: «en espaciosas, concertadas hileras va marchando nuestro cristiano ejército invencible, las cruzadas banderas victoriosas al aire con donaire tremolando, haciendo vista fiera y apacible. Forma aquel son horrible que el cóncavo metal despide y forma, y aquel del atambor que engendra y cría en el cobarde pecho valentía y el temor natural trueca y reforma»; haz los reflejos y vislumbres bellas que, cual claras estrellas, en las lucidas armas el sol hace cuando mirar este escuadrón le place.

Esto dicho, revuelve presurosa y en los oídos de los dos prudentes famosos generales luego envía una voz que les diga la gloriosa estirpe de sus claros ascendientes, cifra de más que humana valentía: al que las naves guía muéstrale sobre un muro un caballero, más que de yerro, de valor armado, y entre la turba mora un niño atado, cual entre hambrientos lobos un cordero, y al segundo Abrahán que dé la daga con que el bárbaro haga el sacrificio horrendo que en el suelo le dio fama y imortal gloria en el cielo;

dirás al otro, que en sus venas tiene la sangre de Austria, que con esto sólo le dirás cien mil hechos señalados que, en cuanto el ancho mar cerca y contiene, y en lo que mira el uno y otro polo, fueron por sus mayores acabados. Éstos ansí informados, entra en el escuadrón de nuestra gente y allá verás, mirando a todas partes, mil Cides, mil Roldanes y mil Martes, valiente aquél, aquéste más valiente; a estos solos les dirás que miren para que luego aspiren a concluir la más dudosa hazaña: «Hijos, mirad que es vuestra madre España!,

la cual, desde que al viento y mar os distes, cual viuda llora vuestra ausencia larga, contrita, humilde, tierna, mansa y justa, los ojos bajos, húmidos y tristes, cubierto el cuerpo de una tosca sarga, que de sus galas poco o nada gusta hasta ver en la injusta cerviz inglesa puesto el suave yugo y sus puertas abrir, de herror cargadas, con las romanas llaves dedicadas [a] abrir el cielo como al cielo plugo. Justa es la empresa, y vuestro brazo fuerte; aun de la misma muerte quitara la vitoria de la mano, cuanto más del vicioso luterano».

Muéstrales, si es posible, un verdadero retrato del católico monarca, y verán de David la voz y el pecho, las rodillas por el suelo y un cor[dero] mirando, a quien encierra y guarda un arca, mejor que aquélla quisier[a haber hecho], puestos de trecho a trecho doce descalzos ángeles mortales en quien tanta virtud el cielo encierra que con humilde voz desde la tierra pasan del mismo cielo los umbrales. Con tal cordero, tal monarca y luego de tales doce el ruego, diles que está siguro el triunfo y gloria, y que ya España canta la victoria.

Canción, si vas despacio do te envío, en todo el cielo fío que has de cambiar por nuevas de alegría el nombre de canción y profecía.