Madre de los valientes de la guerra, archivo de católicos soldados, crisol donde el amor de Dios se apura, tierra donde se ve que el cielo entierra los que han de ser al cielo trasladados por defensores de la fe más pura: no te parezca acaso desventura, ¡Oh España, madre nuestra!, ver que tus hijos vuelven a tu seno dejando el mar de sus desgracias lleno, pues no los vuelve la contraria diestra: vuélvelos la borrasca incontrastable del viento, mar, y el cielo que consiente que se alce un poco la enemiga frente, odiosa al cielo, al suelo detestable, porque entonces es cierta la caída cuando es soberbia y vana la subida.
Abre tus brazos y recoge en ellos los que vuelven confusos, no rendidos, pues no se escusa lo que el cielo ordena, ni puede en ningún tiempo los cabellos tener alguno con la mano asidos de la calva ocasión en suerte buena, ni es de acero o diamante la cadena con que se enlaza y tiene el buen suceso en los marciales casos, y los más fuertes bríos quedan lasos del que a los brazos con el viento viene, y esta vuelta que ves desordenada sin duda entiendo que ha de ser la vuelta del toro para dar mortal revuelta a la gente con cuerpos desalmada, que el cielo, aunque se tarda, no es amigo de dejar las maldades sin castigo.
A tu león pisado le han la cola; las vedijas sacude, y arrevuelve a la justa venganza de su ofensa, no sólo suya, que si fuera sola, quizá la perdonara: sólo vuelve por la de Dios, y en restaurarla piensa. Único es su valor, su fuerza imensa, claro su entendimiento, indignado con causa, y tal que a un pecho cristiano, aunque de mármol fuese hecho, moviera a justo y vengativo intento. Y más, que el galo, el tusco, el moro mira, con vista aguda y ánimos perplejos, cuáles son los comienzos y los dejos, y dónde pone este león la mira, porque entonces su suerte está lozana en cuanto tiene este león cuartana.
Ea pues, ¡oh Felipe, señor nuestro, Segundo en nombre y hombre sin segundo, coluna de la fe segura y fuerte!, vuelve en suceso más felice y diestro este designio que fabrica el mundo, que piensa manso y sin coraje verte, como si no bastasen a moverte tus puertos salteados en las remotas Indias apartadas, y en tus casas tus naves abrasadas, y en la ajena los templos profanados; tus mares llenos de piratas fieros, por ellos tus armadas encogidas, y en ellos mil haciendas y mil vidas sujetos a mil bárbaros aceros, cosas que cada cual por sí es posible a hacer que se intente aun lo imposible.
Pide, toma, señor, que todo aquello que tus vasallos tienen se te ofrece con liberal y valerosa mano a trueque que al inglés pérfido cuello pongas el justo yugo que merece su injusto pecho y proceder insano; no sólo el oro que se adora en vano, sino sus hijos caros te darán, cual el suyo dio don Diego, que, en propia sangre y en ajeno fuego, acrisoló los hechos siempre raros de la casa de Córdoba, que ha dado catorce mayorazgos a las lanzas moriscas, y, con firmes confianzas, sus obras y su nombre han dilatado por la espaciosa redondez del suelo, que el que así muere vive y gana el cielo.
En tanto que los brazos levantares, gran capitán de Dios, espera, espera ver vencedor tu pueblo, y no vencido; pero si de cansado los bajares, los suyos alzará la gente fiera, que para el mal el malo es atrevido; y en tu perseverancia está inclüido un felice suceso de la empresa justísima que tomas, y no con ella un solo reino domas, que a muchos pones de temor el peso; aseguras los tuyos, fortaleces lo que la buena fama de ti canta, que eres un justo horror que al malo espanta y mano que a los justos favoreces; alza los brazos, pues, Moisés cristiano, y pondrálos por tierra el luterano.
Vosotros que, llevados de un deseo justo y honroso, al mar os entregastes y el ocio blando y el regalo huistes, puesto que os imagino ahora y veo entre el viento y el mar que contrastastes y los mortales daños que sufristes, d’entre Scila y Caribdis no tan tristes salís que no se vea en vuestro bravo, varonil semblante que romperéis por montes de diamante hasta igualar la desigual pelea; que los bríos y brazos españoles quilatan su valor, su fuerza y brío con la hambre, sed, calor y frío cual se quilata el oro en los crisoles, y, apurados así, son cual la planta que al cielo con la carga se levanta. El diestro esgrimidor, cuando le toca quien sabe menos que él, se enciende en ira y con facilidad se desagravia; y en la orilla del mar la fuerte roca, mientras su furia a deshacerla aspira, muy poco o nada su rigor la agravia; y es común opinión de gente sabia que cuanto más ofende el malo al bueno, tanto más aumenta el temor del alcance de la cuenta, que siempre es malo del que mal espende. Triunfe el pirata, pues, agora y haga júbilo y fiestas, porque el mar y el viento han respondido al justo de su intento sin acordarse si el que debe paga, que, al sumar de la cuenta, en el remate se hará un alcance que le alcance y mate.
¡Oh España, oh rey, oh mílites famosos!, ofrece, manda, obedeced, que el cielo en fin ha de ayudar al justo celo, puesto que los principios sean dudosos, y en la justa ocasión y en la porfía encierra la vitoria su alegría.