Redondilla castellana

Redondilla castellana

Cuando dejaba la guerra libre nuestro hispano suelo, con un repentino vuelo la mejor flor de la tierra fue trasplantada en el cielo; y, al cortarla de su rama, el mortífero accidente fue tan oculto a la gente como el que no ve la llama hasta que quemar se siente.

Romance

Yace donde el sol se pone, entre dos tajadas peñas, una entrada de un abismo, quiero decir, una cueva profunda, lóbrega, escura, aquí mojada, allí seca, propio albergue de la noche, del horror y las tinieblas. Por la boca sale un aire que al alma encendida yela, y un fuego, de cuando en cuando, que el pecho de yelo quema. Óyese dentro un rüido como crujir de cadenas y unos ayes luengos, tristes, envueltos en tristes quejas. Por las funestas paredes, por los resquicios y quiebras mil víboras se descubren y ponzoñosas culebras. A la entrada tiene puesto[s], en una amarilla piedra, huesos de muerto encajados de modo que forman letras, las cuales, vistas del fuego que arroja de sí la cueva, dicen: «Ésta es la morada de los celos y sospechas». Y un pastor contaba a Lauso esta maravilla cierta de la cueva, fuego y yelo, aullidos, sierpes y piedra, el cual, oyendo, le dijo: «Pastor, para que te crea, no has menester juramentos ni hacer la vista esperiencia. Un vivo traslado es ése de lo que mi pecho encierra, el cual, como en cueva escura, no tiene luz, ni la espera. Seco le tienen desdenes bañado en lágrimas tiernas; aire, fuego y los suspiros le abrasan contino y yelan. Los lamentables aullidos, son mis continuas querellas, víboras mis pensamientos que en mis entrañas se ceban. La piedra escrita, amarilla, es mi sin igual firmeza, que mis huesos en la muerte mostrarán que son de piedra. Los celos son los que habitan en esta morada estrecha, que engendraron los descuidos de mi querida Silena». En pronunciando este nombre, cayó como muerto en tierra, que de memorias de celos aquestos fines se esperan.

Otra versión:

Hacia donde el sol se pone, entre dos partidas peñas, una entrada de un abismo, quiero decir, una cueva oscura, lóbrega y triste, aquí mojada, allí seca, propio albergue de la noche, del terror y de tinieblas. Por su boca sale un aire que al alma encendida yela, y un fuego, de cuando en cuando, que al pecho de nieve quema. Óyese dentro un rüido con crujir de cadenas y unos ayes luengos, tristes, envueltos en tristes quejas; y en las funestas paredes, por los resquicios y quiebras mil víboras se descubren y ponzoñosas culebras. A la boca tiene puestos, en una amarilla piedra, güesos de muerto encajados de modo que forman letras, las cuales, vistas al fuego que sale de la caverna, dicen: «Ésta es la morada de los celos y sospechas». Un pastor contaba a Lauso esta maravilla cierta de la cueva, fuego y yelo, aullidos, sierpes y piedras, el cual, viéndole, le dijo: «Pastor, para que te crean, no has menester jurallo ni hacer della esperiencia. El mismo traslado es ése de lo que mi pecho encierra, el cual, como en cueva oscura, ni siente luz, ni la espera. Seco, le tienen desdenes bañando lágrimas tiernas; aire y fuego en los suspiros arrójase, abrasa y yela. Los lamentables aullidos, son mis continuas endechas, víboras mis pensamientos que en mis entrañas se ceban. La piedra escrita, amarilla, es mis sin igual firmezas, que los fuegos en mi muerte dirán cómo fui de piedra. Los celos son los que avisan en esta morada estrecha, que causaron los descuidos cuidados de Silena». En pronunciando este mal, cayó como muerto en tierra, que de memorias de celos tales sucesos se esperan.

El cielo a la iglesia ofrece hoy una piedra tan fina que en la corona divina del mismo Dios resplandece.

Si, ansí como de nuestro mal se canta…

Si, ansí como de nuestro mal se canta en esta verdadera, clara historia, se oyera de cristianos la victoria, ¡cuál fuera el fruto d’esta rica planta!

Ansí cual es, al cielo se levanta y es digna de inmortal, larga memoria, pues, libre de algún vicio y baja escoria, al alto ingenio admira, al bajo espanta.

Verdad, orden, estilo claro y llano cual a perfecto historiador conviene, en esta breve summa está cifrado.

¡Felice ingenio, venturosa mano, que, entre pesados yerros apretado, tal arte y tal virtud en sí contiene!

Si el bajo son de la zampoña mía…

A M. Vázquez, mi señor

Si el bajo son de la zampoña mía, señor, a vuestro oído no ha llegado en tiempo que sonar mejor debía, no ha sido por la falta de cuidado sino por sobra del que me ha traído por estraños caminos desvïado.

También, por no adquirirme de atrevido el nombre odioso, la cansada mano ha encubierto las faltas del sentido. Mas ya que el valor vuestro sobrehumano, de quien tiene noticia todo el suelo, la graciosa altivez, el trato llano aniquilan el miedo y el recelo que ha tenido hasta aquí mi humilde pluma de no quereros descubrir su vuelo, de vuestra alta bondad y virtud summa diré lo menos, que lo más no siento quién de cerrarlo en verso se presuma.

Aquél que os mira en el subido asiento do el humano favor puede encumbrarse, y que no cesa el favorable viento, y él se ve entre las ondas anegarse del mar de la privanza, do procura, o por fas o por nefas, levantarse, ¿quién duda que no dice: «La ventura ha dado en levantar este mancebo hasta ponerle en la más alta altura: ayer le vimos inesperto y nuevo en las cosas que agora mide y trata tan bien que tengo envidia y las apruebo»?

D’esta manera se congoja y mata el envidioso, que la gloria ajena le destruye, marchita y desbarata. Pero aquél que con mente más serena contempla vuestro trato y vida honrosa y del alma dentro, de virtudes llena, no la inconstante rueda presurosa de la falsa fortuna, suerte o hado, signo, ventura, estrella ni otra cosa dice qu’es causa que en el buen estado que agora poseéis os haya puesto, con esperanza de más alto grado, mas solo el modo del vivir honesto, la virtud escogida que se muestra en vuestras obras y apacible gesto, ésta dice, señor, que os da su diestra y os tiene asido con sus fuertes lazos y a más y a más subir siempre os adiestra.

¡Oh sanctos, oh agradables dulces brazos de la sancta virtud, alma y divina, y sancto quien recibe sus abrazos! Quien con tal guía, como vos, camina, ¿de qué se admira el ciego vulgo bajo si a la silla más alta se avecina? Y, puesto que no hay cosa sin trabajo, quien va sin la virtud va por rodeo, y el que la lleva va por el atajo. Si no me engaña la experiencia, creo que se ve mucha gente fatigada de un solo pensamiento y un deseo: pretenden más de dos llave dorada, muchos un mesmo cargo, y quien aspira a la fidelidad de una embajada.

Cada cual por sí mesmo al blanco tira donde asestan otros mil, y sólo es uno cuya saeta dio do fue la mira; y éste quizá, qu’a nadie fue importuno ni a la soberbia puerta del privado se halló, después de vísperas, ayuno, ni dio ni tuvo a quien pedir prestado: sólo con la virtud se entretenía y en Dios y en ella estaba confiado. Vos sois, señor, por quien decir podría (y lo digo y diré sin estar mudo) que sola la virtud fue vuestra guía, y que ella sola fue bastante y pudo levantaros al bien do estáis agora, privado humilde, de ambición desnudo.

¡Dichosa y felicísima la hora, donde tuvo el real conoscimiento noticia del valor que anida y mora en vuestro reposado entendimiento, cuya fidelidad, cuyo secreto es de vuestras virtudes el cimiento! Por la senda y camino más perfecto van vuestros pies, que es la que el medio tiene y la que alaba el seso más discreto; quien por ella camina, vemos viene a aquel dulce, süave paradero que la felicidad en sí contiene.

Yo, que el camino más bajo y grosero he caminado en fría noche escura, he dado en manos del atolladero, y en la esquiva prisión, amarga y dura, adonde agora quedo, estoy llorando mi corta, infelicísima ventura, con quejas tierra y cielo importunando, con suspiros el aire escuresciendo, con lágrimas el mar acrescentando. Vida es ésta, señor, do estoy muriendo, entre bárbara gente descreída la mal lograda juventud perdiendo.

No fue la causa aquí de mi venida andar vagando por el mundo acaso con la vergüenza y la razón perdida: diez años ha que tiendo y mudo el paso en servicio del gran Filipo nuestro, ya con descanso, ya cansado y laso; y, en el dichoso día que siniestro tanto fue el hado a la enemiga armada cuanto a la nuestra favorable y diestro, de temor y de esfuerzo acompañada, presente estuvo mi persona al hecho, más d’esperanza que de hierro armada.

Vi el formado escuadrón roto y deshecho, y de bárbara gente y de cristiana rojo en mil partes de Neptuno el lecho; la muerte airada con su furia insana aquí y allí con priesa discurriendo, mostrándose a quién tarda, a quién temprana; el son confuso, el espantable estruendo, los gestos de los tristes miserables que entre el fuego y agua iban muriendo; los profundos sospiros lamentables que los heridos pechos despedían, maldiciendo sus hados detestables.

Helóseles la sangre que tenían cuando, en el son de la trompeta nuestra, su daño y nuestra gloria conoscían; con alta voz, de vencedora muestra, rompiendo el aire claro, el son mostraba ser vencedora la cristiana diestra. A esta dulce sazón yo, triste, estaba con la una mano de la espada asida, y sangre de la otra derramaba; el pecho mío de profunda herida sentía llagado, y la siniestra mano estaba por mil partes ya rompida.

Pero el contento fue tan soberano qu’a mi alma llegó, viendo vencido el crudo pueblo infiel por el cristiano, que no echaba de ver si estaba herido, aunque era tan mortal mi sentimiento, que a veces me quitó todo el sentido. Y en mi propia cabeza el escarmiento no me pudo estorbar que el segundo año no me pusiese a discreción del viento, y al bárbaro, medroso pueblo estraño vi recogido, triste, amedrentado y con causa temiendo de su daño, y al reino tan antiguo y celebrado, a do la hermosa Dido fue rendida al querer del troyano desterrado, también, vertiendo sangre aún la herida mayor, con otras dos, quise hallarme por ver ir la morisma de vencida.

¡Dios sabe si quisiera allí quedarme con los que allí quedaron esforzados y perderme con ellos, o ganarme! Pero mis cortos, implacables hados, en tan honrosa empresa no quisieron que acabase la vida y los cuidados, y al fin por los cabellos me trujeron a ser vencido por la valentía de aquellos que después no la tuvieron. En la galera Sol, que escurescía mi ventura su luz, a pesar mío, fue la pérdida de otros y la mía. Valor mostramos al principio y brío, pero después, con la esperiencia amarga, conoscimos ser todo desvarío.

Sentí de ajeno yugo la gran carga, y en las manos sacrílegas malditas dos años ha que mi dolor se alarga. Bien sé que mis maldades infinitas y la poca atrición qu’en mí se encierra me tiene entre estos falsos ismaelitas. Cuando llegué vencido y vi la tierra tan nombrada en el mundo, qu’en su seno tantos piratas cubre, acoge y cierra, no pude al llanto detener el freno, que a mi despecho, sin saber lo que era, me vi el marchito rostro de agua lleno.

Ofrescióse a mis ojos la ribera y el monte donde el grande Carlo tuvo levantada en el aire su bandera, y el mar que tanto esfuerzo no sostuvo, pues, movido de envidia de su gloria, airado entonces más que nunca estuvo. Estas cosas, volviendo en mi memoria, las lágrimas trujeron a los ojos, movidas de desgracia tan notoria.

Pero si el alto cielo en darme enojos no está con mi ventura conjurado, y aquí no lleva muerte mis despojos, cuando me vea en más alegre estado, si vuestra intercesión, señor, me ayuda a verme ante Filipo arrodillado, mi lengua balbuciente y cuasi muda pienso mover en la real presencia, de adulación y de mentir desnuda, diciendo: «Alto señor, cuya potencia sujetas trae mil bárbaras naciones al desabrido yugo de obediencia, a quien los negros indios con sus dones reconoscen honesto vasallaje, trayendo el oro acá de sus rincones: despierte en tu real pecho el gran coraje, la gran soberbia con que una bicoca aspira de contino a hacerte ultraje.

La gente es mucha, mas su fuerza es poca, desnuda, mal armada, que no tiene en su defensa fuerte, muro o roca; cada uno mira si tu armada viene para dar a sus pies el cargo y cura de conservar la vida que sostiene. Del amarga prisión triste y escura, adonde mueren veinte mil cristianos, tienes la llave de su cerradura. Todos, cual yo, de allá, puestas las manos, las rodillas por tierra, sollozando, cercados de tormentos inhumanos, valeroso señor, te están rogando vuelvas los ojos de misericordia a los suyos, que están siempre llorando; y, pues te deja agora la discordia, que hasta aquí te ha oprimido y fatigado, y gozas de pacífica concordia, haz, ¡oh buen rey!, que sea por ti acabado lo que con tanta audacia y valor tanto fue por tu amado padre comenzado.

Sólo el pensar que vas pondrá un espanto en la enemiga gente, que adevino ya desde aquí su pérdida y quebranto». ¿Quién dubda que el real pecho begnino no se muestre, escuchando la tristeza en que están estos míseros contino? Bien paresce que muestro la flaqueza de mi tan torpe ingenio, que pretende hablar tan bajo ante tan alta alteza, pero el justo deseo la defiende. Mas a todo silencio poner quiero, que temo que mi pluma ya os ofende, y al trabajo me llaman donde muero.

Si el lazo, el fuego, el dardo, el puro yelo…

Al señor Antonio Veneziani

Si el lazo, el fuego, el dardo, el puro yelo que os tiene, abrasa, hiere y pone fría vuestra alma, trae su origen desde el cielo, ya que os aprieta, enciende, mata, enfría, ¿qué nudo, llama, llaga, nieve o celo ciñe, arde, traspasa o yela hoy día, con tan alta ocasión como aquí muestro, un tierno pecho, Antonio, como el vuestro? El cielo, que el ingenio vuestro mira, en cosas que son d’él quiso emplearos y, según lo que hacéis, vemos que aspira por Celia al cielo empíreo levantaros; ponéis en tal objecto vuestra mira, que dais materia al mundo de envidiaros: ¡dichoso el desdichado a quien se tiene envidia de las ansias que sostiene!

En los conceptos que la pluma de la alma en el papel ha trasladado nos dais no sólo indicio pero muestra de que estáis en el cielo sepultado, y allí os tiene de amor la fuerte diestra vivo en la muerte, a vida reservado, que no puede morir quien no es del suelo, teniendo el alma en Celia, que es un cielo. Sólo me admira el ver que aquel divino cielo de Celia encierre un vivo infierno y que la fuerza de su fuerza y sino os tenga en pena y llanto sempiterno; al cielo encamináis vuestro camino, mas, según vuestra suerte, yo dicierno que al cielo sube el alma y se apresura, y en el suelo se queda la ventura.

Si con benino y favorable aspecto a alguno mira el cielo acá en la tierra, obra ascondidamente un bien perfeto en el que cualquier mal de sí destierra; mas si los ojos pone en el objeto airados, le consume en llanto y guerra ansí como a vos hace vuestro cielo: ya os da guerra, ya paz, y[a] fuego y yelo. No se ve el cielo en claridad serena de tantas luces claro y alumbrado cuantas con rica habéis y fértil vena el vuestro de virtudes adornado; ni hay tantos granos de menuda arena en el desierto líbico apartado cuantos loores creo que merece el cielo que os abaja y engrandece.

En Scitia ardéis, sentís en Libia frío, contraria operación y nunca vista; flaqueza al bien mostráis, al daño brío; más que un lince miráis, sin tener vista; mostráis con discreción un desvarío, que el alma prende, a la razón conquista, y esta contrariedad nace de aquella que es vuestro cielo, vuestro sol y estrella. Si fuera un caos, una materia unida sin forma vuestro cielo, no espantara de que del alma vuestra entristecida las continuas querellas no escuchara; pero, estando ya en partes esparcida que un fondo forman de virtud tan rara, es maravilla tenga los oídos sordos a vuestros tristes alaridos.

Si es lícito rogar por el amigo que en estado se halla peligroso, yo, como vuestro, desde aquí me obligo de no mostrarme en esto perezoso; mas si me he de oponer a lo que digo y conducirlo a término dichoso, no me deis la ventura, que es muy poca, mas las palabras sí de vuestra boca. Diré: «Celia gentil, en cuya mano está la muerte y vida y pena y gloria de un mísero captivo que, temprano ni aun tarde, no saldrás de su memoria: vuelve el hermoso rostro blando, humano, a mirar de quien llevas la victoria; verás el cuerpo en dura cárcel triste del alma que primero tú rendiste. Y, pues un pecho en la virtud constante se mueve en casos de honra y muestra airado, muévale al tuyo el ver que de delante te han un firme amador arrebatado; y si quiere pasar más adelante y hacer un hecho heroico y estremado, rescata allá su alma con querella, que el cuerpo, que está acá, se irá tras ella.

El cuerpo acá y el alma allá captiva tiene el mísero amante que padece por ti, Celia hermosa, en quien se aviva la luz que al cielo alumbra y esclarece; mira que el ser ingrata, cruda, esquiva mal con tanta beldad se compadece: muéstrate agradecida y amorosa al que te tiene por su cielo y diosa».

Soneto de Gelasia en la Galatea

¿Quién dejará, del verde prado umbroso, las frescas yerbas y las frescas fuentes? ¿Quién de seguir con pasos diligentes la suelta liebre o jabalí cerdoso?

¿Quién, con el son amigo y sonoroso, no detendrá las aves inocentes? ¿Quién, en las horas de la siesta, ardientes, no buscará en las selvas el reposo,

por seguir los incendios, los temores, los celos, iras, rabias, muertes, penas del falso amor que tanto aflige al mundo?

Del campo son y han sido mis amores, rosas son y jazmines mis cadenas, libre nací, y en libertad me fundo.

Tal secretario formáis…

Al secretario Gabriel Pérez del Barrio Angulo

Tal secretario formáis, Gabriel, en vuestros escritos, que por siglos infinitos en él os eternizáis; de la ignorancia sacáis la pluma, y en presto vuelo de lo más bajo del suelo al cielo la levantáis.

Desde hoy más, la discreción quedará puesta en su punto, y el hablar y escribir junto en su mayor perfección, que en esta nueva ocasión nos muestra, en breve distancia, Demóstenes su elegancia y su estilo Cicerón.

España os está obligada, y con ella el mundo todo, por la subtileza y modo de pluma tan bien cortada; la adulación defraudada queda, y la lisonja en ella; la mentira se atropella, y es la verdad levantada.

Vuestro libro nos informa que sólo vos habéis dado a la materia de estado hermosa y cristiana forma; con la razón se conforma de tal suerte que en él veo que, contentando al deseo, al que es más libre reforma.

Tras los dones primitivos…

Tras los dones primitivos que, en el fervor de su celo, ofreció la iglesia al cielo, a sus edificios vivos dio nuevas piedras el suelo; estos dones agradece a su esposa y la ennoblece, pues, de parte del esposo, un Hiacinto, el más precioso, el cielo a la iglesia ofrece. Porque el hombre de su gracia tantas veces se retira, y el Jacinto, al que le mira, es tan grande su eficacia que le sosiega la ira, su misma piedad lo inclina a darlo por medicina, que, en su jüicio profundo, ve que ha menester el mundo, hoy una piedra tan fina. Obró tanto esta virtud, viviendo Jacinto en él, que, a los vivos rayos d’él, en una y otra salud se restituyó por él. Crezca gloriosa la mina que de su luz jacintina tiene el cielo y tierra llenos, pues no mereció estar menos que en la corona divina. Allá luce ante los ojos del mismo autor de su gloria, y acá en gloriosa memoria de los triunfos y despojos que sacó de la vitoria, pues si otra luz desfallece cuando el sol la suya ofrece, ¿qué tan viva y rutilante será aquésta si delante del mismo Dios resplandece?

Tú, que con nuevo y sin igual decoro…

Al dotor Francisco Díaz

Tú, que con nuevo y sin igual decoro tantos remedios para un mal ordenas, bien puedes esperar d’estas arenas, del sacro Tajo, las que son de oro,

y el lauro que se debe al que un tesoro halla de ciencia, con tan ricas venas de raro advertimiento y salud llenas, contento y risa del enfermo lloro;

que por tu industria una deshecha piedra mil mármoles, mil bronces a tu fama dará sin invidiosas competencias;

daráte el cielo palma, el suelo yedra, pues que el uno y el otro ya te llama espíritu de Apolo en ambas ciencias.

Vimos en julio otra Semana Santa…

Vimos en julio otra Semana Santa atestada de ciertas cofradías, que los soldados llaman compañías, de quien el vulgo, no el inglés, se espanta.

Hubo de plumas muchedumbre tanta, que en menos de catorce o quince días volaron sus pigmeos y Golías, y cayó su edificio por la planta.

Bramó el becerro, y púsoles en sarta; tronó la tierra, oscurecióse el cielo, amenazando una total ruina;

y al cabo, en Cádiz, con mesura harta, ido ya el conde sin ningún recelo, triunfando entró el gran duque de Medina.

Virgen fecunda, madre venturosa…

A los éxtasis de nuestra beata madre Teresa de Jesús

Virgen fecunda, madre venturosa, cuyos hijos, criados a tus pechos, sobre sus fuerzas la virtud alzando, pisan ahora los dorados techos de la dulce región maravillosa que está la gloria de su Dios mostrando: tú, que ganaste obrando un nombre en todo el mundo y un grado sin segundo, ahora estés ante tu Dios prostrada, en rogar por tus hijos ocupada, o en cosas dignas de tu intento santo, oye mi voz cansada y esfuerza, ¡oh madre!, el desmayado canto.

Luego que de la cuna y las mantillas sacó Dios tu niñez, diste señales que Dios para ser suya te guardaba, mostrando los impulsos celestiales en ti, con ordinarias maravillas, que a tu edad tu deseo aventajaba; y si se descuidaba de lo que hacer debía, tal vez luego volvía mejorado, mostrando codicioso que el haber parecido perezoso era un volver atrás para dar salto, con curso más brïoso, desde la tierra al cielo, que es más alto.

Creciste, y fue creciendo en ti la gana de obrar en proporción de los favores con que te regaló la mano eterna, tales que, al parecer, se alzó a mayores contigo alegre Dios en la mañana de tu florida edad humilde y tierna; y así tu ser gobierna que poco a poco subes sobre las densas nubes de la suerte mortal, y así levantas tu cuerpo al cielo, sin fijar las plantas, que ligero tras sí el alma le lleva a las regiones santas con nueva suspensión, con virtud nueva.

Allí su humildad te muestra santa; acullá se desposa Dios contigo, aquí misterios altos te revela. Tierno amante se muestra, dulce amigo, y, siendo tu maestro, te levanta al cielo, que señala por tu escuela; parece se desvela en hacerte mercedes; rompe rejas y redes para buscarte el Mágico divino, tan tu llegado siempre y tan contino que, si algún afligido a Dios buscara, acortando camino en tu pecho o en tu celda le hallara.

Aunque naciste en Ávila, se puede decir que en Alba fue donde naciste, pues allí nace donde muere el justo; desde Alba, ¡oh madre!, al cielo te partiste: alba pura, hermosa, a quien sucede el claro día del inmenso gusto. Que le goces es justo en éxtasis divinos por todos los caminos por donde Dios llevar a un alma sabe, para darle de sí cuanto ella cabe, y aun la ensancha, dilata y engrandece y, con amor süave, a sí y de sí la junta y enriquece.

Como las circunstancias convenibles que acreditan los éxtasis, que suelen indicios ser de santidad notoria, en los tuyos se hallaron, nos impelen a creer la verdad de los visibles que nos describe tu discreta historia; y el quedar con vitoria, honroso triunfo y palma del infierno, y tu alma más humilde, más sabia y obediente al fin de tus arrobos, fue evidente señal que todos fueron admirables y sobrehumanamente nuevos, continuos, sacros, inefables.

Ahora, pues, que al cielo te retiras, menospreciando la mortal riqueza en la inmortalidad que siempre dura, y el visorrey de Dios nos da certeza que sin enigma y sin espejo miras de Dios la incomparable hermosura, colma nuestra ventura: oye, devota y pía, los balidos que envía el rebaño infinito que crïaste cuando del suelo al cielo el vuelo alzaste, que no porque dejaste nuestra vida la caridad dejaste, que en los cielos está más estendida.

Canción, de ser humilde has de preciarte cuando quieras al cielo levantarte, que tiene la humildad naturaleza de ser el todo y parte de alzar al cielo la mortal bajeza.

Voto a Dios que me espanta esta grandeza…

Voto a Dios que me espanta esta grandeza y que diera un doblón por describilla, porque, ¿a quién no sorprende y maravilla esta máquina insigne, esta riqueza?

Por Jesucristo vivo, cada pieza vale más de un millón, y que es mancilla que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla!, Roma triunfante en ánimo y nobleza.

Apostaré que el ánima del muerto por gozar este sitio hoy ha dejado la gloria donde vive eternamente.

Esto oyó un valentón, y dijo: «Es cierto cuanto dice voacé, señor soldado. Y el que dijere lo contrario, miente.»

Ya que del ciego dios habéis cantado…

Ya que del ciego dios habéis cantado el bien y el mal, la dulce fuerza y arte, en la primera y la segunda parte, donde está de amor el todo señalado,

ahora, con aliento descansado y con nueva virtud que en vos reparte el cielo, nos cantáis del duro Marte las fieras armas y el valor sobrado.

Nuevos ricos mineros se descubren de vuestro ingenio en la famosa mina que al más alto deseo satisfacen;

y, con dar menos de lo más que encubren, a este menos lo que es más se inclina del bien que Apolo y que Minerva hacen.

Ya que se ha llegado el día…

Ya que se ha llegado el día, gran rey, de tus alabanzas, de la humilde musa mía escucha, entre las que alcanzas, las llorosas que te envía; que, puesto que ya caminas pisando las perlas finas de las aulas soberanas, tal vez palabras humanas oyen orejas divinas.

¿Por dónde comenzaré a exagerar tus blasones, después que te llamaré padre de las religiones y defensor de la fe? Sin duda habré de llamarte nuevo y pacífico Marte, pues en sosiego venciste lo más en cuanto quisiste, y es mucha la menor parte.

Tembló el cita en el oriente, el bárbaro al mediodía, el luterano al poniente, y en la tierra siempre fría temió la indómita gente; Arauco vio tus banderas vencedoras, y las fieras ondas del sangriento Egeo te dieron como en trofeo las otomanas banderas.

Las virtudes en su punto en tu pecho se hallaron, y el poder y el saber junto, y jamás no te dejaron, aun casi el cuerpo difunto; y lo que más tu valor sube al extremo mayor es que fuiste, cual se advierte, bueno en vida, bueno en muerte y bueno en tu sucesor.

Esta memoria nos dejas, que es la que el bueno cudicia, que, amigables y sin quejas, misericordia y justicia corrieron en ti parejas, como la llana humildad al par de la majestad, tan sin discrepar un tilde que fuiste el rey más humilde y de mayor gravedad.

Quedar las arcas vacías, donde se encerraba el oro que dicen que recogías, nos muestra que tu tesoro en el cielo lo escondías; desde ahora en los serenos Elíseos campos amenos para siempre gozarás, sin poder desear más ni contentarte con menos.

Yace en la parte que es mejor de España…

Yace en la parte que es mejor de España una apacible y siempre verde Vega a quien Apolo su favor no niega, pues con las aguas de Helicón la baña;

Júpiter, labrador por grande hazaña, su ciencia toda en cultivarla entrega; Cilenio, alegre, en ella se sosiega, Minerva eternamente la acompaña;

las Musas su Parnaso en ella han hecho; Venus, honesta, en ella aumenta y cría la santa multitud de los amores.

Y así, con gusto y general provecho, nuevos frutos ofrece cada día de ángeles, de armas, santos y pastores.