Si el bajo son de la zampoña mía...

Si el bajo son de la zampoña mía…

A M. Vázquez, mi señor

Si el bajo son de la zampoña mía, señor, a vuestro oído no ha llegado en tiempo que sonar mejor debía, no ha sido por la falta de cuidado sino por sobra del que me ha traído por estraños caminos desvïado.

También, por no adquirirme de atrevido el nombre odioso, la cansada mano ha encubierto las faltas del sentido. Mas ya que el valor vuestro sobrehumano, de quien tiene noticia todo el suelo, la graciosa altivez, el trato llano aniquilan el miedo y el recelo que ha tenido hasta aquí mi humilde pluma de no quereros descubrir su vuelo, de vuestra alta bondad y virtud summa diré lo menos, que lo más no siento quién de cerrarlo en verso se presuma.

Aquél que os mira en el subido asiento do el humano favor puede encumbrarse, y que no cesa el favorable viento, y él se ve entre las ondas anegarse del mar de la privanza, do procura, o por fas o por nefas, levantarse, ¿quién duda que no dice: «La ventura ha dado en levantar este mancebo hasta ponerle en la más alta altura: ayer le vimos inesperto y nuevo en las cosas que agora mide y trata tan bien que tengo envidia y las apruebo»?

D’esta manera se congoja y mata el envidioso, que la gloria ajena le destruye, marchita y desbarata. Pero aquél que con mente más serena contempla vuestro trato y vida honrosa y del alma dentro, de virtudes llena, no la inconstante rueda presurosa de la falsa fortuna, suerte o hado, signo, ventura, estrella ni otra cosa dice qu’es causa que en el buen estado que agora poseéis os haya puesto, con esperanza de más alto grado, mas solo el modo del vivir honesto, la virtud escogida que se muestra en vuestras obras y apacible gesto, ésta dice, señor, que os da su diestra y os tiene asido con sus fuertes lazos y a más y a más subir siempre os adiestra.

¡Oh sanctos, oh agradables dulces brazos de la sancta virtud, alma y divina, y sancto quien recibe sus abrazos! Quien con tal guía, como vos, camina, ¿de qué se admira el ciego vulgo bajo si a la silla más alta se avecina? Y, puesto que no hay cosa sin trabajo, quien va sin la virtud va por rodeo, y el que la lleva va por el atajo. Si no me engaña la experiencia, creo que se ve mucha gente fatigada de un solo pensamiento y un deseo: pretenden más de dos llave dorada, muchos un mesmo cargo, y quien aspira a la fidelidad de una embajada.

Cada cual por sí mesmo al blanco tira donde asestan otros mil, y sólo es uno cuya saeta dio do fue la mira; y éste quizá, qu’a nadie fue importuno ni a la soberbia puerta del privado se halló, después de vísperas, ayuno, ni dio ni tuvo a quien pedir prestado: sólo con la virtud se entretenía y en Dios y en ella estaba confiado. Vos sois, señor, por quien decir podría (y lo digo y diré sin estar mudo) que sola la virtud fue vuestra guía, y que ella sola fue bastante y pudo levantaros al bien do estáis agora, privado humilde, de ambición desnudo.

¡Dichosa y felicísima la hora, donde tuvo el real conoscimiento noticia del valor que anida y mora en vuestro reposado entendimiento, cuya fidelidad, cuyo secreto es de vuestras virtudes el cimiento! Por la senda y camino más perfecto van vuestros pies, que es la que el medio tiene y la que alaba el seso más discreto; quien por ella camina, vemos viene a aquel dulce, süave paradero que la felicidad en sí contiene.

Yo, que el camino más bajo y grosero he caminado en fría noche escura, he dado en manos del atolladero, y en la esquiva prisión, amarga y dura, adonde agora quedo, estoy llorando mi corta, infelicísima ventura, con quejas tierra y cielo importunando, con suspiros el aire escuresciendo, con lágrimas el mar acrescentando. Vida es ésta, señor, do estoy muriendo, entre bárbara gente descreída la mal lograda juventud perdiendo.

No fue la causa aquí de mi venida andar vagando por el mundo acaso con la vergüenza y la razón perdida: diez años ha que tiendo y mudo el paso en servicio del gran Filipo nuestro, ya con descanso, ya cansado y laso; y, en el dichoso día que siniestro tanto fue el hado a la enemiga armada cuanto a la nuestra favorable y diestro, de temor y de esfuerzo acompañada, presente estuvo mi persona al hecho, más d’esperanza que de hierro armada.

Vi el formado escuadrón roto y deshecho, y de bárbara gente y de cristiana rojo en mil partes de Neptuno el lecho; la muerte airada con su furia insana aquí y allí con priesa discurriendo, mostrándose a quién tarda, a quién temprana; el son confuso, el espantable estruendo, los gestos de los tristes miserables que entre el fuego y agua iban muriendo; los profundos sospiros lamentables que los heridos pechos despedían, maldiciendo sus hados detestables.

Helóseles la sangre que tenían cuando, en el son de la trompeta nuestra, su daño y nuestra gloria conoscían; con alta voz, de vencedora muestra, rompiendo el aire claro, el son mostraba ser vencedora la cristiana diestra. A esta dulce sazón yo, triste, estaba con la una mano de la espada asida, y sangre de la otra derramaba; el pecho mío de profunda herida sentía llagado, y la siniestra mano estaba por mil partes ya rompida.

Pero el contento fue tan soberano qu’a mi alma llegó, viendo vencido el crudo pueblo infiel por el cristiano, que no echaba de ver si estaba herido, aunque era tan mortal mi sentimiento, que a veces me quitó todo el sentido. Y en mi propia cabeza el escarmiento no me pudo estorbar que el segundo año no me pusiese a discreción del viento, y al bárbaro, medroso pueblo estraño vi recogido, triste, amedrentado y con causa temiendo de su daño, y al reino tan antiguo y celebrado, a do la hermosa Dido fue rendida al querer del troyano desterrado, también, vertiendo sangre aún la herida mayor, con otras dos, quise hallarme por ver ir la morisma de vencida.

¡Dios sabe si quisiera allí quedarme con los que allí quedaron esforzados y perderme con ellos, o ganarme! Pero mis cortos, implacables hados, en tan honrosa empresa no quisieron que acabase la vida y los cuidados, y al fin por los cabellos me trujeron a ser vencido por la valentía de aquellos que después no la tuvieron. En la galera Sol, que escurescía mi ventura su luz, a pesar mío, fue la pérdida de otros y la mía. Valor mostramos al principio y brío, pero después, con la esperiencia amarga, conoscimos ser todo desvarío.

Sentí de ajeno yugo la gran carga, y en las manos sacrílegas malditas dos años ha que mi dolor se alarga. Bien sé que mis maldades infinitas y la poca atrición qu’en mí se encierra me tiene entre estos falsos ismaelitas. Cuando llegué vencido y vi la tierra tan nombrada en el mundo, qu’en su seno tantos piratas cubre, acoge y cierra, no pude al llanto detener el freno, que a mi despecho, sin saber lo que era, me vi el marchito rostro de agua lleno.

Ofrescióse a mis ojos la ribera y el monte donde el grande Carlo tuvo levantada en el aire su bandera, y el mar que tanto esfuerzo no sostuvo, pues, movido de envidia de su gloria, airado entonces más que nunca estuvo. Estas cosas, volviendo en mi memoria, las lágrimas trujeron a los ojos, movidas de desgracia tan notoria.

Pero si el alto cielo en darme enojos no está con mi ventura conjurado, y aquí no lleva muerte mis despojos, cuando me vea en más alegre estado, si vuestra intercesión, señor, me ayuda a verme ante Filipo arrodillado, mi lengua balbuciente y cuasi muda pienso mover en la real presencia, de adulación y de mentir desnuda, diciendo: «Alto señor, cuya potencia sujetas trae mil bárbaras naciones al desabrido yugo de obediencia, a quien los negros indios con sus dones reconoscen honesto vasallaje, trayendo el oro acá de sus rincones: despierte en tu real pecho el gran coraje, la gran soberbia con que una bicoca aspira de contino a hacerte ultraje.

La gente es mucha, mas su fuerza es poca, desnuda, mal armada, que no tiene en su defensa fuerte, muro o roca; cada uno mira si tu armada viene para dar a sus pies el cargo y cura de conservar la vida que sostiene. Del amarga prisión triste y escura, adonde mueren veinte mil cristianos, tienes la llave de su cerradura. Todos, cual yo, de allá, puestas las manos, las rodillas por tierra, sollozando, cercados de tormentos inhumanos, valeroso señor, te están rogando vuelvas los ojos de misericordia a los suyos, que están siempre llorando; y, pues te deja agora la discordia, que hasta aquí te ha oprimido y fatigado, y gozas de pacífica concordia, haz, ¡oh buen rey!, que sea por ti acabado lo que con tanta audacia y valor tanto fue por tu amado padre comenzado.

Sólo el pensar que vas pondrá un espanto en la enemiga gente, que adevino ya desde aquí su pérdida y quebranto». ¿Quién dubda que el real pecho begnino no se muestre, escuchando la tristeza en que están estos míseros contino? Bien paresce que muestro la flaqueza de mi tan torpe ingenio, que pretende hablar tan bajo ante tan alta alteza, pero el justo deseo la defiende. Mas a todo silencio poner quiero, que temo que mi pluma ya os ofende, y al trabajo me llaman donde muero.