Al señor Antonio Veneziani
Si el lazo, el fuego, el dardo, el puro yelo que os tiene, abrasa, hiere y pone fría vuestra alma, trae su origen desde el cielo, ya que os aprieta, enciende, mata, enfría, ¿qué nudo, llama, llaga, nieve o celo ciñe, arde, traspasa o yela hoy día, con tan alta ocasión como aquí muestro, un tierno pecho, Antonio, como el vuestro? El cielo, que el ingenio vuestro mira, en cosas que son d’él quiso emplearos y, según lo que hacéis, vemos que aspira por Celia al cielo empíreo levantaros; ponéis en tal objecto vuestra mira, que dais materia al mundo de envidiaros: ¡dichoso el desdichado a quien se tiene envidia de las ansias que sostiene!
En los conceptos que la pluma de la alma en el papel ha trasladado nos dais no sólo indicio pero muestra de que estáis en el cielo sepultado, y allí os tiene de amor la fuerte diestra vivo en la muerte, a vida reservado, que no puede morir quien no es del suelo, teniendo el alma en Celia, que es un cielo. Sólo me admira el ver que aquel divino cielo de Celia encierre un vivo infierno y que la fuerza de su fuerza y sino os tenga en pena y llanto sempiterno; al cielo encamináis vuestro camino, mas, según vuestra suerte, yo dicierno que al cielo sube el alma y se apresura, y en el suelo se queda la ventura.
Si con benino y favorable aspecto a alguno mira el cielo acá en la tierra, obra ascondidamente un bien perfeto en el que cualquier mal de sí destierra; mas si los ojos pone en el objeto airados, le consume en llanto y guerra ansí como a vos hace vuestro cielo: ya os da guerra, ya paz, y[a] fuego y yelo. No se ve el cielo en claridad serena de tantas luces claro y alumbrado cuantas con rica habéis y fértil vena el vuestro de virtudes adornado; ni hay tantos granos de menuda arena en el desierto líbico apartado cuantos loores creo que merece el cielo que os abaja y engrandece.
En Scitia ardéis, sentís en Libia frío, contraria operación y nunca vista; flaqueza al bien mostráis, al daño brío; más que un lince miráis, sin tener vista; mostráis con discreción un desvarío, que el alma prende, a la razón conquista, y esta contrariedad nace de aquella que es vuestro cielo, vuestro sol y estrella. Si fuera un caos, una materia unida sin forma vuestro cielo, no espantara de que del alma vuestra entristecida las continuas querellas no escuchara; pero, estando ya en partes esparcida que un fondo forman de virtud tan rara, es maravilla tenga los oídos sordos a vuestros tristes alaridos.
Si es lícito rogar por el amigo que en estado se halla peligroso, yo, como vuestro, desde aquí me obligo de no mostrarme en esto perezoso; mas si me he de oponer a lo que digo y conducirlo a término dichoso, no me deis la ventura, que es muy poca, mas las palabras sí de vuestra boca. Diré: «Celia gentil, en cuya mano está la muerte y vida y pena y gloria de un mísero captivo que, temprano ni aun tarde, no saldrás de su memoria: vuelve el hermoso rostro blando, humano, a mirar de quien llevas la victoria; verás el cuerpo en dura cárcel triste del alma que primero tú rendiste. Y, pues un pecho en la virtud constante se mueve en casos de honra y muestra airado, muévale al tuyo el ver que de delante te han un firme amador arrebatado; y si quiere pasar más adelante y hacer un hecho heroico y estremado, rescata allá su alma con querella, que el cuerpo, que está acá, se irá tras ella.
El cuerpo acá y el alma allá captiva tiene el mísero amante que padece por ti, Celia hermosa, en quien se aviva la luz que al cielo alumbra y esclarece; mira que el ser ingrata, cruda, esquiva mal con tanta beldad se compadece: muéstrate agradecida y amorosa al que te tiene por su cielo y diosa».