Ya que del ciego dios habéis cantado el bien y el mal, la dulce fuerza y arte, en la primera y la segunda parte, donde está de amor el todo señalado,
ahora, con aliento descansado y con nueva virtud que en vos reparte el cielo, nos cantáis del duro Marte las fieras armas y el valor sobrado.
Nuevos ricos mineros se descubren de vuestro ingenio en la famosa mina que al más alto deseo satisfacen;
y, con dar menos de lo más que encubren, a este menos lo que es más se inclina del bien que Apolo y que Minerva hacen.
Ya que se ha llegado el día, gran rey, de tus alabanzas, de la humilde musa mía escucha, entre las que alcanzas, las llorosas que te envía; que, puesto que ya caminas pisando las perlas finas de las aulas soberanas, tal vez palabras humanas oyen orejas divinas.
¿Por dónde comenzaré a exagerar tus blasones, después que te llamaré padre de las religiones y defensor de la fe? Sin duda habré de llamarte nuevo y pacífico Marte, pues en sosiego venciste lo más en cuanto quisiste, y es mucha la menor parte.
Tembló el cita en el oriente, el bárbaro al mediodía, el luterano al poniente, y en la tierra siempre fría temió la indómita gente; Arauco vio tus banderas vencedoras, y las fieras ondas del sangriento Egeo te dieron como en trofeo las otomanas banderas.
Las virtudes en su punto en tu pecho se hallaron, y el poder y el saber junto, y jamás no te dejaron, aun casi el cuerpo difunto; y lo que más tu valor sube al extremo mayor es que fuiste, cual se advierte, bueno en vida, bueno en muerte y bueno en tu sucesor.
Esta memoria nos dejas, que es la que el bueno cudicia, que, amigables y sin quejas, misericordia y justicia corrieron en ti parejas, como la llana humildad al par de la majestad, tan sin discrepar un tilde que fuiste el rey más humilde y de mayor gravedad.
Quedar las arcas vacías, donde se encerraba el oro que dicen que recogías, nos muestra que tu tesoro en el cielo lo escondías; desde ahora en los serenos Elíseos campos amenos para siempre gozarás, sin poder desear más ni contentarte con menos.