Muerte nupcial

Muerte nupcial

El lecho, aquella hierba de ayer y de mañana: este lienzo de ahora sobre madera aún verde, flota como la tierra, se sume en la besana donde el deseo encuentra los ojos y los pierde.

Pasar por unos ojos como por un desierto; como por dos ciudades que ni un amor contienen. Mirada que va y vuelve sin haber descubierto el corazón a nadie, que todos la enarenen.

Mis ojos encontraron en un rincón los tuyos. Se descubrieron mudos entre las dos miradas. Sentimos recorrernos un palomar de arrullos, y un grupo de arrebatos de alas arrebatadas.

Cuanto más se miraban más se hallaban: más hondos se veían, más lejos, más en uno fundidos. El corazón se puso, y el mundo, más redondos. Atravesaba el lecho la patria de los nidos.

Entonces, el anhelo creciente, la distancia que va de hueso a hueso recorrida y unida, al aspirar del todo la imperiosa fragancia; proyectamos los cuerpos más allá de la vida.

Expiramos del todo. ¡Qué absoluto portento! ¡Qué total fue la dicha de mirarse abrazados, desplegados los ojos hacia arriba un momento, y al momento hacia abajo con los ojos plegados!

Pero no moriremos. Fue tan cálidamente consumada la vida como el sol, su mirada. No es posible perdernos. Somos plena simiente. Y la muerte ha quedado, con los dos, fecundada.