Como un don planetario recién nacido celeste a mí al rebelde varón de mirada perpleja has llegado por las venas secretas de tus pupilas debutantes en edades remotas haciéndote dulce relámpago de sangre en los resecos destierros de mi pecho roto bajo la apagada lluvia de los monos que dejan sobrecitos con niños de pecho en las puertas de aquellas casas en que alguien va a morir por Nochebuena. Ya tan sólo es un querido momento desmayado de éxtasis de paloma y león que se encontraran tras un viaje perdido por las zonas glaciales de los túneles donde el mundo rueda tras de sí mismo mordiéndose impasible su nada. Huirán verticales cosechas de zapatos buscando las estrellas que se contienen en las miradas de los buzos perdidos de mis días y mis noches agonizantes por tu labio desnudo dulcísimo. Escucharé derrumbado por las esquinas el gemido de mis muertos más viejos esforzándose por ponerse de pie para verte mejor y a mis aún no nacidos encaramarse por las farolas que todavía no existen para cantarte el regazo primario con que las tiernas montañas iniciaron su idilio con los poderosos dioses-canguros. No sirven ya las jóvenes palabras masculinas pues el temblor es sísmico de larva solar y la mudez cala en el centro de mis lagunas donde tú oculta mensajera temblorosa de la dulce carne que morirá emerges ritmo tímido de rosas madrugadas pálida estremecida bajo mi asombro de sólo océano viril terriblemente sediento de tu pan. Reconociéndote con aquel aire púrpura que cuando yo era niño rodeaba de sábados azules las altas torres de nuestra ciudad… …y el vasto mundo se hace sentido puro.
De “Punto y aparte” (pag. 57) Editorial Ciencia nueva 1967