Este momento mío lo soñaré asesinado ya. Estos pájaros rojos de hambre que maman de mis sienes por ti un claro volcán de medianoche los engendré cuando los niños pasábamos lista ante el temible profesor del Otoño. Aquella criatura que será lluvia la nutro con mis actuales combates. Un tiempo denso de soles y de muertos recorre la impávida gruta de mis ríos hacia tu hermoso corazón de mendigo. Confieso una furtiva confidencia con esos náufragos que aman las estrellas, con esa gota amarga de las minas que secretamente aspira a una muerte profunda. Pero nada poseeremos. Toda piel se hará nube, todo beso beberá de la arcilla rojiza de los futuros marzos y ésta mi pupila milagrosa se envolverá en la remota túnica de sus destrucciones. De amanecida mis mastines silban los funestos presagios de la sed lentamente en deriva hacia las palpitantes brasas de los difuntos relojes de arena. Mas dejadme olvido de la certeza, esperadme, mi dulce amor, en la cita oceánica de mi tumba. A las veintiuna y quince hoy veintitrés de marzo de cierto punto perdido del continuo finito.
De “Punto y aparte” (pag. 71) Editorial Ciencia nueva 1967