Consunción de la víspera

Consunción de la víspera

Me sumo en las violentas ignorancias de las destrozadas hojitas de hierba para encontrar sus almas de hojadelata.


Manadas de caballos furiosos asaltan los arbustos donde orinan los niños de las escuelas reivindicando antigüedad en el escalafón de los automóviles.


Tiernos catedráticos arañan las paredes derruidas de los viejos palacios bombardeados y las muchedumbres verdes examinando con detención el excremento pálido de su tórax se lanzan locamente hacia los laberintos fogosos de las llameantes carteleras de cine.


Aquel sabio mendigo que llegó a las terrazas de los labios desbordando los ríos de las pleuras y las colinas donde yacen larvas de disecados relojes en el instante fijo de la roña nos trae el mensaje milagroso de la caducidad de Júpiter arrojándose por fin a sollozar sobre ideales parejas de tuberculosos.


El hombre gris se aburre en su jardín y las jovencitas pálidas que sufrirán de apendicitis sueñan con los monos biceps de románticos boxeadores.


Me he quedado tranquilo. Supongo certezas de muerte en las claras vaguedades de las estatuas en el himno de los adoquines en el gesto ambiguo de los ferroviarios y en los ventanales perdidos de olvidos nubes paloma.


Por el agujero que una rata comió de la frente desdentada de un hermoso guardia de la porra muerto de amor yo miro al mundo consumiéndose atroz infinitamente gozoso y conmovido.

De “Punto y aparte” (pag. 35) Editorial Ciencia nueva 1967