Dos columnas pulidas, dos eternas columnas que relucen de blancura, forja la línea irreprochable y pura, como trazada en mármol, de tus piernas.
Con qué noble prestigio las gobiernas cuando al marchar, solemne de hermosura, imprimes a tu cuerpo la segura majestad de las Venus sempiternas.
Y cuando, inmóvil, luminosa y alta, en desnudez olímpica te ofreces, entre tus muslos de marfil resalta,
como una sombra, el bosquecillo terso de ébano y seda, bajo el cual guarneces el tesoro mejor del universo.