Sobre el busto de mármol se contornan los senos, y apartando con nimias complacencias la bata, succiono los erguidos pezones de escarlata: pomos donde se acendran invisibles venenos.
Ella ciñe los muslos, vigorosos y plenos, donde el sexo apremiado se defiende y recata, mientras se contorsiona con lujurias de gata, al roce de mis labios que la exploran obscenos.
A un desmayo de toda su belleza vibrante, logra mi mano intrusa desligar un instante de sus piernas esquivas el frenético nudo.
Y de todas mis ansias en el ímpetu ciego, busco el cáliz virgíneo de su cuerpo desnudo, y a una lenta tortura de puñales le entrego.