La huida

La huida

Ten cuidado, no pierdas un instante, el más terrible perseguidor de ti eres tú mismo. Huye, huye, huye de ti, huye con todas tus fuerzas porque nada puede haber más terrible que sentir que nos agarramos nosotros mismos, furiosos, por los hombros, por la cintura. ¡Detente! ¿A dónde vas? Porque tú has robado y derrochado sobre todos los caminos todas las monedas del amor, del orgullo. ¡Responde! ¡No huyas! Aturdido te miras en tus propios ojos como en un espejo. Quisieras mentir, pero ninguna mentira es posible ante tu propio yo cuando en verdad yo ignoro si hay alguna ventaja para ella en tales circunstancias y para el que la dice, para aquel que la escucha, aunque fuese mejor comprendida que en otro momento. ¿O conoces quizás otra salida? Párate, de pronto, porque tu yo te adelanta a fuerza de correr a tus talones, y vuélvete de prisa y da marcha atrás. 1966

Versión de Rafael Alberti y María Teresa León Ediciones Era, S.A. 1966