He llegado a ser tu caja de caudales, tu caja de secretas cerraduras, y me has llenado de años, moneda a moneda.
Ábreme, tiempo, toma tus años, todos, o al menos algunos, los últimos, algunas decenas.
Yo te ofrezco a cambio la plata de mis sienes, las ricas pinturas sobre los muros de mi alma, mis sufrimientos petrificados como en Pompeya, bajo la lava, bajo las cenizas ardientes de mi corazón, las estatuas de mármol -recuerdos de mujeres amadas-. Yo te hago el don de Castalia, de mis lágrimas no lloradas, y de todo, a cambio de algunas docenas de años que tú me has confiado, y yo te ruego de rodillas que me los tomes de nuevo…
¿Por qué este silencio? Parece como si no escuchases nada, ni siquiera me miras… En definitiva, esos años son los tuyos, no los quiero; tú me conoces, no soy un usurero, no me gustan las riquezas. ¿Odié a los ricos por ser yo tan rico…. Abre, vuelve a tomar los años, vete, no te pido ningún alquiler, aunque los haya alojado en mi carne… Tiempo, ¿estarás sordo? ¿Ya no comprendes el rumano? No finjas, yo tengo bastante con ser el depositario de los centavos de los años… ¿Pensaste que no los iba a contar? Pues bien, no. Al principio, cuando todo me parecía una burla, sí; hoy estoy harto, tus años pesan cada vez más, su metal es cada día más sombrío, su canto dentado hiere, el águila tiene el aire de una fiera, con cabeza de muerto. No quiero nada más. Me pongo de rodillas, beso los bordes de tu eternidad, me humillo ante ti: no me abandones, vuelve a tomar tus años, no me hagas levantar la voz, escúchame, ¡ábreme!
¡ Ah, miserable, has perdido las llaves! 1966
Versión de Rafael Alberti y María Teresa León Ediciones Era, S.A. 1966