Tapiz

Tapiz

Los tapices de mis recuerdos están hechos de lágrimas, de estrellas y de sangre. Yo los tejí, bordándoles a través de los tiempos ramajes con retoños de flores y de espinas, y entre las hojas, en calientes nidos, eduqué ruiseñores y tuve nuevos cantos. Mis raíces tomaron, como garras, la arcilla y al final busqué a tientas en lo desconocido salpicado de astros y busqué con paso alado entre las tempestades. Yo soy como una arena de fósiles, de conchas, de indescifrables y olvidadas páginas, un cementerio de tumbadas piedras con los nombres grabados en idioma extranjero. Yo soy la queja que se esparce al viento cuando la piedra pesa ya sobre el ataúd. Soy el montón informe de vasijas quebradas allí donde habitaron los más antiguos hombres. Soy la gruta manchada por imágenes que retratan la fauna de otro tiempo. Con crueldad mis abuelos abatieron las bestias trazando con los sueños y la sangre un camino que del fondo del tiempo marcha hacia no sé dónde, pero que sin embargo debe desembocar en el claro de un bosque donde haga calor siempre… Pero el rastro es muy largo y viene de muy lejos. y parece que el claro, de pronto, está y no está, sobre la boca abierta de una roca escarpada. Hemos robado al sol el fuego y su secreto, que se torna en pesada carga para nosotros lo mismo que un peñasco suspenso en el camino del muchacho y la joven que en sí llevan tentadores placeres en la carne igual que en los toneles reposan las soleras. ¿Aplastará la roca la vida y en los campos floridos dejaremos que persista la niebla? ¿La geometría de las nuevas fábricas consentiremos luego que se hunda sobre los mismos que la construyeron? La fe, con sus encantos incansables, trabaja el llano de la duda. Hemos mandado ya cohetes a la altura que se embriagan con los espacios cósmicos y han ido a buscar nuevas pruebas de que la vida ya no tiene poniente para el hombre impulsado a vencer combatiendo.

Aquellos que en tu rostro han escupido, se tragarán la afrenta. Fuiste dado a innumerables hombres, te ofreciste por su felicidad y por tu gloria, ¡tú, agudo acero, tú, mi flor suave! Los tapices de tantos recuerdos has sembrado de resedas, haciéndolos florecer para mí. Versión de Rafael Alberti y María Teresa León Ediciones Era, S.A. 1966