Pecó, mas es el pecador sereno que sofoca el sollozo en la garganta, y que a los labios, sin temblar, levanta la rebosante copa de veneno.
Manchó su excelsa clámide en el cieno del mal. Y al cabo de flaqueza tánta, ningún remordimiento lo quebranta, ni lo sonroja el parecer ajeno.
Lleva ocultas las lágrimas consigo, y erguido lleva el corazón doliente cual un pendón de reto enarbolado. Y acepta la amargura del castigo, con la misma altivez con que sonriente probó todo el deleite del pecado.
Versión de Miguel Rasch-Isla