Vanidad

Vanidad

Cieco, febril, insomne, con nerviosa porfía, pule el artista el mármol de la estrofa anhelada: quiérela palpitante, quiérela emocionada, quiere infundir al mármol un temblor de agonía.

Triunfa gallardamente de la forma bravía; lucha, repule, y la obra resplandece acabada: -«¡Mundo que con mis manos arranqué de la nada! ¡Hija de mi trabajo!-luce a la luz del día.

«Llena de mis angustias y encendida en mi fiebre, eras la piedra tosca; te di brillo profundo e iricé tus facetas con esmeros de orfebre. Puedo esperar, pues vives, una muerte serena». E imagina que exhausto rodará al pie del mundo, y, ¡oh vanidad! sucumbe junto a un grano de arena.

Versión de Miguel Rasch-Isla