Me reconoces, noche, me palpas, me recuentas, no como avara sino como una falsa ciega, o como alguien que no sabe jamás quién es la náufraga y quién la endechadora. Me has escogido a tientas para estatua de tus alegorías, sólo por la costumbre de sumergirme hasta donde se acaba el mundo y perder la cabeza en cada nube y a cada paso el suelo debajo de los pies. ¿Y acaso no fui siempre tu hijastra preferida, esa que se adelanta sin vacilaciones hacia la trampa urdida por tu mano, la que muerde el veneno en la manzana o copia tu belleza del espejo traidor? Olvidaron atarme al mástil de la casa cuando tú pasabas para que no me fuera cada vez tras tu flauta encantada de ladrona de niños, y fue a expensas del día que confundí en tu bolsa la blancura y la nieve, los lobos y las sombras. Ahora es tarde para volver atrás y corregir las horas de acuerdo con el sol. Ahora me has marcado con tu alfabeto negro. Pertenezco a la tribu de los que se hospedan en radiantes tinieblas, de los que ven mejor con los ojos cerrados y se acuestan del lado del abismo y alzan vuelo y no vuelven cuando Tomás abre de par en par las puertas del evidente mediodía. Tú fundas tu Tebaida en lo invisible. Tú no concedes pruebas. Tú aconteces, secreta, innumerable, sin formular, como una contemplación vuelta hacia adentro, donde cada señal es el temblor de un pájaro perdido en un recinto inmenso y cada subida un salto en el vacío contra gradas y ausencias. Tú me vigilas desde todas partes, descorriendo telones, horadando los muros, atisbando entre fardos de penumbra; me encuentras y me miras con la mirada del cazador y del testigo, mientras descubro en medio de tus altas malezas el esplendor de una ciudad perdida, o busco en vano el rastro del porvenir en tus encrucijadas. Tú vas quién sabe adónde siguiendo las variaciones de la tentación inalcanzable, probándote los rostros extremos del horror, de la extrema belleza, la imposible distancia de los otros, el tacto del infierno, visiones que se agolpan hasta donde te alcanza la oscuridad que tengo, hasta donde comienzas a rodar muerte abajo con carruajes, con piedras y con perros. Pero yo no te pido lámparas exhumadas ni velos entreabiertos. No te reclamo una lección de luz, como no le reclamo al agua por la llama ni a la vigilia por el sueño. O habría de confiar menos en ti que en las duras, recelosas estrellas? ¡Hemos visto tantos misterios insolubles con sus blancos reflejos, aún a pleno sol! Basta con que me lleves de la mano como a través de un bosque, noche alfombrada, noche sigilosa, que aprenda yo lo que quieres decir, lo que susurra el viento, y pueda al fin leer hasta el fondo de mi pequeña noche en tu pupila inmensa.
Esa es tu pena…
Esa es tu pena. Tiene la forma de un cristal de nieve que no podría existir si no existieras y el perfume del viento que acarició el plumaje de los amaneceres que no vuelven. Colócala a la altura de tus ojos y mira cómo irradia con un fulgor azul de fondo de leyenda, o rojizo, como vitral de insomnio ensangrentado por el adiós de los amantes, o dorado, semejante a un letárgico brebaje que sorbieron los ángeles. Si observas al trasluz verás pasar el mundo rodando en una lágrima. Al respirar exhala la preciosa nostalgia que te envuelve, un vaho entretejido de perdón y lamentos que te convierte en reina del reverso del cielo. Cuando la soplas crece como si devorara la íntima sustancia de una llama y se retrae como ciertas flores si la roza cualquier sombra extranjera. No la dejes caer ni la sometas al hambre y al veneno; sólo conseguirías la multiplicación, un erial, la bastarda maleza en vez de olvido. Porque tu pena es única, indeleble y tiñe de imposible cuanto miras. No hallarás otra igual, aunque te internes bajo un sol cruel entre columnas rotas, aunque te asuma el mármol a las puertas de un nuevo paraíso prometido. No permitas entonces que a solas la disuelva la costumbre, no la gastes con nadie. Apriétala contra tu corazón igual que a una reliquia salvada del naufragio: sepúltala en tu pecho hasta el final, hasta la empuñadura.
Espejo en lo alto
A Alberto Girri
No sé si habrás logrado componer tu escritura con aquel minucioso tapiz de hojas errantes que organizaba huecos y relieves, prolijos ideogramas en este desmantelado atardecer; tampoco sé si alguna vez me hablaste en los últimos meses con ese congelado tintineo del vidrio, con el rumor del mimbre, o el apremiante latido del corazón a oscuras; y quizás tu mirada fuera entonces esa mirada circular del ágata, que se abre, que se expande, que se amplía de agua en aire más allá de la piedra y el fulgor y más allá del mundo. Imposible saber. No consigo abarcar lo que me sobrepasa y te contiene; no puedo descifrar de pronto las señales que no fueron costumbre. Porque ahora traspasaste del todo la zona de los delirios y las emanaciones, donde la selva y las acechanzas de la selva se confunden, y los días se tiñen con el color de lo que ya no es, de lo que no será, y entre un cuerpo y su sombra vuelca el viento veinte siglos de historia y en una y otra mano se multiplican las semillas de la incertidumbre y a uno y otro pie se anudan las serpientes de la contradicción. Porque tal es la prueba y tales las maquinaciones de la simuladora, inabordable realidad. No en vano deshojaste la envoltura del sueño y la vigilia, palabra por palabra y ausencia por presencia, hasta el último pétalo, hasta el temblor inmóvil del silencio. (No revisaste acaso, palpando, escarbando, horadando la trama del poema el revés y el derecho del destino, los nudos del error, el bordado ilusorio, sin encontrar la pura transparencia que permita mirar al otro lado? Tu fuerza fue habitar en el Reino del No la casa de los innumerables laberintos, probando las entradas, rondando las salidas, acechando visiones contagiosas, insectos y peligros y ratones. e una casa oscilante, en continuo equilibrio, justo en el borde de la inmensidad; y allí viviste alerta, ensayando la ausencia, desasido de ti -tu primera persona del singular cada vez más allá, siempre más cerca de algún otro tú-, siendo a la vez el cazador que descubre la presa y abandona el asedio y el pájaro que intenta desterrar con las alas su recuerdo en el suelo. Ya eres parte de todo en otro reino, el Reino de la Perduración y la Unidad, estás en el eterno presente que huye, que se consume y que no cesa, y podrás ser por fin el nombre y lo nombrado. Pero yo sé que casi medio siglo de amistad, permanencia, emociones y amparo, no me basta para encontrar que una pequeña huella, una chispa en suspenso, un flotante perfume son, en medio del anónimo coro universal, de la corriente del acontecer, tu modo de dictarme lo más justo, lo más bello y lo más verdadero, como antes, como siempre, con un gesto, con un talismán, con una lágrima. Y si así fuera, ¿cómo responder? A partir de mi boca, de mi congoja y mi ignorancia sólo puedo rogar: “Señor: Haz que tu hijo sea como el más incontaminado de todos tus espejos y muéstrale las cosas así como él quería, tales es como son.
Jugabas a esconderte entre los utensilios de cocina…
XIV Jugabas a esconderte entre los utensilios de cocina como un extraño objeto tormentoso entre indecibles faunas, o a desaparecer en las complicidades del follaje con un manto de dríada dormida bajo los velos de la tarde, o eras sustancia yerta debajo de un papel que se levanta y anda. Henchías los armarios con organismos palpitantes o poblabas los vestidos vacíos con criaturas decapitadas y fantasmas. Fuiste pájaro y grillo, musgo ciego y topacios errantes. Ahora sé que tratabas de despistar a tu perseguidora con efímeras máscaras. No era mentira el túnel con orejas de liebre ni aquella cacería de invisibles mariposas nocturnas. Te alcanzó tu enemiga poco a poco y te envolvió en sus telas como con un disfraz de lluviosos andrajos. Saliste victoriosa en el irreversible juego de no estar. Sin embargo, aún ahora, cierta respiración desliza un vidrio frío por mi espalda. Y entonces ese insecto radiante que tiembla entre las flores, la fuga inexplicable de las pequeñas cosas, un hocico de sombra pegado noche a noche a la ventana, no sé, podría ser, ¿quién me asegura acaso que no juegas a estar, a que te atrapen?
De “Cantos a Berenice” 1920
La corona final
Si puedes ver detrás de los escombros, de tantas raspaduras y tantas telarañas como cubren el hormiguero de otra vida, si puedes todavía destrozarte otro poco el corazón, aunque no haya esperanza ni destino, aparta las cortinas, la ignorancia o el espesor del mundo, lo que sea, y mira con tus ojos de ahora bien adentro, hasta el fondo del caos. ¿Qué color tienes tú a través de los días y los años de aquel a quien amaste? ¿Qué imagen tuya asciende con el alba y hace la noche del enamorado? ¿Qué ha quedado de ti en esa memoria donde giran los vientos? Quizás entre las hojas oxidadas que fueron una vez el esplendor y el viaje, un tapiz a lo largo de toda la aventura, surjas confusamente, casi irreconocible a través de otros cuerpos, como si aparecieras reclamando un lugar en algún paraíso ajeno ya deshora. O tal vez ya ni estés, ni polvo ni humareda; tal vez ese recinto donde siempre creíste reinar inalterable, sin tiempo y tan lejana como incrustada en ámbar, sea menos aún que un albergue de paso: una desnuda cámara de espejos donde nunca hubo nadie, nadie más que un yo impío cubriendo la distancia entre una sombra y el deseo. Y acaso sea peor que haber pasado en vano, porque tú que pudiste resistir a la escarcha y a la profanación, permanecer de pie bajo la cuchillada de insufribles traiciones, es posible que al fin hayas sido inmolada, descuartizada en nombre de una historia perversa, tus trozos arrojados a la hoguera, a los perros, al remolino de los basurales, y tu novela rota y pisoteada oculta en un cajón. Es algo que no puedes soportar. Hace falta más muerte. No bastarían furias ni sollozos. Prefieres suponer que fuiste relegada por amores terrenos, por amores bastardos, porque él te reservó para después de todos sus instantáneos cielos, para después de nunca, más allá del final. Estarás esperándolo hasta entonces con corona de reina en el enmarañado fondo del jardín.
La mala suerte
Alguien marcó en mis manos, tal vez hasta en la sombra de mis manos, el signo avieso de los elegidos por los sicarios de la desventura. Su tienda es mi morada. Envuelta estoy en la sombría lona de unas alas que caen y que caen llevando la distancia dondequiera que vaya, sin acertar jamás con ningún paraíso a la medida de mis tentaciones, con ningún episodio que se asemeje a mi aventura. Nada. Antros donde no cabe ni siquiera el perfume de la perduración, encierros atestados de mariposas negras, de cuervos y de anguilas, agujeros por los que se evapora la luz del universo. Faltan siempre peldaños para llegar y siempre sobran emboscadas y ausencias. No, no es un guante de seda este destino. No se adapta al relieve de mis huesos ni a la temperatura de mi piel, y nada valen trampas ni exorcismos, ni las maquinaciones del azar ni las jugadas del empeño. No hay apuesta posible para mí. Mi lugar está enfrente del sol que se desvía o de la isla que se aleja. ¿No huye acaso el piso con mis precarios bienes? ¿No se transforma en lobo cualquier puerta? ¿No vuelan en bandadas azules mis amigos y se trueca en carbón el oro que yo toco? ¿Qué más puedo esperar que estos prodigios? Cuando arrojo mis redes no recojo más que vasijas rotas, perros muertos, asombrosos desechos, igual que el pobrecito pescador al comenzar la noche fantástica del cuento. Pero no hay desenlace con aplausos y palmas para mí. ¿No era heroico perder? ¿No era intenso el peligro? ¿No era bella la arena? Entre mi amado y yo siempre hubo una espada; justo en medio de la pasión el filo helado, el fulgor venenoso que anunciaba traiciones y alumbraba la herida en el final de la novela. Arena, sólo arena, en el fondo de todos los ojos que me vieron. ¿Y ahora con qué lágrimas sazonaré mi sal, con qué fuego de fiebres consteladas encenderé mi vino? Si el bien perdido es lo ganado, mis posesiones son incalculables. Pero cada posible desdicha es como un vértigo, una provocación que la insaciable realidad acepta, más tarde o más temprano. Más tarde o más temprano, estoy aquí para que mi temor se cumpla.
Las muertes
He aquí unos muertos cuyos huesos no blanqueará la lluvia, lápidas donde nunca ha resonado el golpe tormentoso de la piel del lagarto, inscripciones que nadie recorrerá encendiendo la luz de alguna lágrima; arena sin pisadas en todas las memorias. Son los muertos sin flores. No nos legaron cartas, ni alianzas, ni retratos. Ningún trofeo heroico atestigua la gloria o el oprobio. Sus vidas se cumplieron sin honor en la tierra, mas su destino fue fulmíneo como un tajo; porque no conocieron ni el sueño ni la paz en los infames lechos vendidos por la dicha, porque sólo acataron una ley más ardiente que la ávida gota de salmuera. Esa y no cualquier otra. Esa y ninguna otra. Por eso es que sus muertes son los exasperados rostros de nuestra vida.
Lejos, de corazón en corazón…
Lejos, de corazón en corazón, más allá de la copa de niebla que me aspira desde el fondo del vértigo, siento el redoble con que me convocan a la tierra de nadie. (¿Quién se levanta en mí? ¿Quién se alza del sitial de su agonía, de su estera de zarzas, y camina con la memoria de mi pie?) Dejo mi cuerpo a solas igual que una armadura de intemperie hacia adentro y depongo mi nombre como un arma que solamente hiere. ¿(Dónde salgo a mi encuentro con el arrobamiento de la luna contra el cristal de todos los albergues?) Abro con otras manos la entrada del sendero que no sé adónde da y avanzo con la noche de los desconocidos.
(¿Dónde llevaba el día mi señal, pálida en su aislamiento, la huella de una insignia que mi pobre victoria arrebataba al tiempo?)
Miro desde otros ojos esta pared de brumas en donde cada uno ha marcado con sangre el jeroglífico de su soledad, y suelta sus amarras y se va en un adiós de velero fantasma hacia el naufragio. (¿No había en otra parte, lejos, en otro tiempo, una tierra extranjera, una raza de todos menos uno, que se llamó la raza de los otros, un lenguaje de ciegos que ascendía en zumbidos y en burbujas hasta la sorda noche?) Desde adentro de todos no hay más que una morada bajo un friso de máscaras; desde adentro de todos hay una sola efigie que fue inscripta en el revés del alma; desde adentro de todos cada historia sucede en todas partes: no hay muerte que no mate, no hay nacimiento ajeno ni amor deshabitado. (¿No éramos el rehén de una caída, una lluvia de piedras desprendida del cielo, un reguero de insectos tratando de cruzar la hoguera del castigo?) Cualquier hombre es la versión en sombras de un Gran Rey herido en su costado.
Despierto en cada sueño con el sueño con que Alguien sueña el mundo. Es víspera de Dios. Está uniendo en nosotros sus pedazos.
Lejos, desde mi colina
A veces sólo era un llamado de arena en las ventanas, una hierba que de pronto temblaba en la pradera quieta, un cuerpo transparente que cruzaba los muros con blandura dejándome en los ojos un resplandor helado, o el ruido de una piedra recorriendo la indecible tiniebla de la medianoche; a veces, sólo el viento.
Reconocía en ellos distantes mensajeros de un país abismado con el mundo bajo las altas sombras de mi frente.
Yo los había amado, quizás, bajo otro cielo, pero la soledad, las ruinas y el silencio eran siempre los mismos.
Más tarde, en la creciente noche, miraba desde arriba la cabeza inclinada de una mujer vestida de congoja que marchaba a través de todas sus edades como por un jardín antiguamente amado. Al final del sendero, antes de comenzar la durmiente planicie, un brillo memorable, apenas un color pálido y cruel, la despedía; y más allá no conocía nada.
¿Quién eras tú, perdida entre el follaje como las anteriores primaveras, como alguien que retorna desde el tiempo a repetir los llantos, los deseos, los ademanes lentos con que antaño entreabría sus días?
Sólo tú, alma mía.
Asomada a mi vida lo mismo que a una música remota, para siempre envolvente, escuchabas, suspendida quién sabe de qué muro de tierno desamparo, el rumor apagado de las hojas sobre la juventud adormecida, y elegías lo triste, lo callado, lo que nace debajo del olvido.
¿En qué rincón de ti, en qué desierto corredor resuenan los pasos clamorosos de una alegre estación, el murmullo del agua sobre alguna pradera que prolongaba el cielo, el canto esperanzado con que el amanecer corría a nuestro encuentro y también las palabras, sin duda tan ajenas al sitio señalado, en las que agonizaba lo imposible?
Tú no respondes nada, porque toda respuesta de ti ha sido dada.
Acaso hayas vivido solamente aquello que al arder no deja más que polvo de tristeza inmortal, lo que saluda en ti, a través del recuerdo, una eterna morada que al recibirnos se despide.
Tú no preguntas nada, nunca, porque no hay nadie ya que te responda.
Pero allá, sobre las colinas, tu hermana, la memoria, con una rama joven aún entre las manos, relata una vez más la leyenda inconclusa de un brumoso país.
Les jeux sont faits
¡Tanto esplendor en este día! ¡Tanto esplendor inútil, vacío, traicionado! ¿Y quién te dijo acaso que vendrían por ti días dorados en años venideros? Días que dicen sí, como luces que zumban, como lluvias sagradas. ¿Acaso bajó el ángel a prometerte un venturoso exilio? Tal vez hasta pensaste que las aguas lavaban los guijarros para que murmuraran tu nombre por las playas, que a tu paso florecerían porque sí las retamas y las frases ardientes velarían insomnes en tu honor. Nada me trae el día. No hay nada que me aguarde más allá del final de la alameda. El tiempo se hizo muro y no puedo volver. Aunque ahora supiera dónde perdí las llaves y confundí las puertas o si fue solamente que me distrajo el vuelo de algún pájaro, por un instante, apenas, y tal vez ni siquiera, puedo reclamar entre los muertos. Todo lo que recuerda mi boca fue borrado de la memoria de otra boca se alojó en nuestro abrazo la ceniza, se nos precipitó la lejanía, y soy como la sobreviviente pompeyana separada por siglos del amante sepultado en la piedra. Y de pronto este día que fulgura como un negro telón partido por un tajo, desde ayer, desde nunca. ¡Tanto esplendor y tanto desamparo! Sé que la luz delata los territorios de la sombra y vigila en suspenso, y que la oscuridad exalta el fuego y se arrodilla en los rincones. Pero, ¿cuál de las dos labra el legítimo derecho de la trama? Ah, no se trata de triunfo, de aceptación ni de sometimiento. Yo me pregunto, entonces: más tarde o más temprano, mirado desde arriba, ¿cuál es en el recuento final, el verdadero, intocable destino? ¿El que quise y no fue?, ¿el que no quise y fue?
Madre, madre, vuelve a erigir la casa y bordemos la historia. Vuelve a contar mi vida.
Los reflejos infieles
Me moldeó muchas caras esta sumisa piel, adherida en secreto a la palpitación de lo invisible lo mismo que una gasa que de pronto revela figuras emboscadas en la vaga sustancia de los sueños. Caras como resúmenes de nubes para expresar la intraducible travesía; mapas insuficientes y confusos donde se hunden los cielos y emergen los abismos. Unas fueron tan leves que se desgarraron entre los dientes de una sola noche. Otras se abrieron paso a través de la escarcha, como proas de fuego. Algunas perduraron talladas por el heroico amor en la memoria del espejo; algunas se disolvieron entre rotos cristales con las primeras nieves. Mis caras sucesivas en los escaparates veloces de una historia sin paz y sin costumbres: un muestrario de nieblas, de terror, de intemperies. Mis caras más inmóviles surgiendo entre las aguas de un ágata sin fondo que presagia la muerte, solamente la muerte, apenas el reverso de una sombra estampada en el hueco de la separación. Ningún signo especial en estas caras que tapizan la ausencia. Pero a través de todas, como la mancha de ácido que traspasa en el álbum los ambiguos retratos, se inscribió la señal de una misma condena: mi vana tentativa por reflejar la cara que se sustrae y que me excede. El obstinado error frente al modelo.
Mujer en su ventana
Ella está sumergida en su ventana contemplando las brasas del anochecer, posible todavía. Todo fue consumado en su destino, definitivamente inalterable desde ahora como el mar en un cuadro, y sin embargo el cielo continúa pasando con sus angelicales procesamientos. Ningún pato salvaje interrumpió su vuelo hacia el oeste; allá lejos seguirán floreciendo los ciruelos, blancos, como si nada, y alguien en cualquier parte levantará su casa sobre el polvo y el humo de otra casa. Inhóspito este mundo. Áspero este lugar de nunca más. Por una fisura del corazón sale un pájaro negro y es la noche –¿o acaso será un dios que cae agonizando sobre el mundo?-, pero nadie lo ha visto, nadie sabe, ni el que se va creyendo que los lazos rotos nacen preciosas alas, los instantáneos nudos del azar, la inmortal aventura, aunque cada pisada clausure con un sello todos los paraísos prometidos. Ella oyó en cada paso la condena. Y ahora ya no es más que una remota, inmóvil mujer en su ventana, la simple arquitectura de la sombra asilada en su piel, como si alguna vez una frontera, un muro, un silencio, un adiós, hubieran sido el verdadero límite, el abismo final entre una mujer y un hombre.
No comiste del loto del olvido…
VI No comiste del loto del olvido -el homérico privilegio de los dioses-, porque sabías ya que quien olvida se convierte en objeto inanimado -nada más que en resaca o en resto a la deriva- al antojo del caprichoso mar de otras memorias. Y así escarbaste un día en tu depósito de sombras y volviste a anudar con tiernos ligamentos huesecitos dispersos, tejidos enamorados del sabor de la lluvia, vísceras dulces como colmenas sobrenaturales para la abeja reina, dientes que fueron lobos en las estepas de la luna, garras que fueron tigres en la profunda selva embalsamada. Y lo envolviste todo en ese saco de carbón constelado que arrojaste hacia aquí, como hacia un tren en marcha, y que en algún lugar dejó un agujero por el que te aspiran y al que debes volver.
De “Cantos a Berenice” 1920
No estabas en mi umbral…
No estabas en mi umbral ni yo salí a buscarte para colmar los huecos que fragua la nostalgia y que presagian niños o animales hechos con la sustancia de la frustración. Viniste paso a paso por los aires, pequeña equilibrista en el tablón flotante sobre un foso de lobos enmascarado por los andrajos radiantes de febrero. Venías condensándote desde la encandilada transparencia, probándote otros cuerpos como fantasmas al revés, como anticipaciones de tu eléctrica envoltura -el erizo de niebla, el globo de lustrosos vilanos encendidos, la piedra imán que absorbe su fatal alimento, la ráfaga emplumada que gira y se detiene alrededor de un ascua en torno de un temblor-. Y ya habías aparecido en este mundo, intacta en tu negrura inmaculada desde la cara hasta la cola, más prodigiosa aún que el gato de Cheshire, con tu porción de vida como una perla roja brillando entre los dientes.
No hay puertas
Con arenas ardientes que labran una cifra de fuego sobre el tiempo, con una ley salvaje de animales que acechan el peligro desde su madriguera, con el vértigo de mirar hacia arriba, con tu amor que se enciende de pronto como una lámpara en medio de la noche, con pequeños fragmentos de un mundo consagrado para la idolatría, con la dulzura de dormir con toda tu piel cubriéndome el costado del miedo, a la sombra del ocio que abría tiernamente un abanico de praderas celestes, hiciste día a día la soledad que tengo. Mi soledad está hecha de ti. Lleva tu nombre en su versión de piedra, en un silencio tenso donde pueden sonar todas las melodías del infierno; camina junto a mí con tu paso vacío, y tiene, como tú, esa mirada de mirar que me voy más lejos cada vez, hasta un fulgor de ayer que se disuelve en lágrimas, en nunca. La dejaste a mis puertas como quien abandona la heredera de un reino del que nadie sale y al que jamás se vuelve. Y creció por sí sola, alimentándose con esas hierbas que crecen en los bordes del recuerdo y que en las noches de tormenta producen espejismos misteriosos, escenas con que las fiebres alimentan sus mejores hogueras. La he visto así poblar las alamedas con los enmascarados que inmolan al amor -personajes de un mármol invencible, ciego y absorto como la distancia-, o desplegar en medio de una sala esa lluvia que cae junto al mar, lejos, en otra parte, donde estarás llenando el cuenco de unos años con un agua de olvido. Algunas veces sopla sobre mí con el viento del sur un canto huracanado que se quiebra de pronto en un gemido en la garganta rota de la dicha, o trata de borrar con un trozo de esperanza raída ese adiós que escribiste con sangre de mis sueños en todos los cristales para que hiera todo cuanto miro. Mi soledad es todo cuanto tengo de ti. Aúlla con tu voz en todos los rincones. Cuando la nombro con tu nombre crece como una llaga en las tinieblas. Y un atardecer levantó frente a mí esa copa del cielo que tenía un color de álamos mojados y en la que hemos bebido el vino de la eternidad de cada día, y la rompió sin saber, para abrirse las venas, para que tú nacieras como un dios de su espléndido duelo. Y no pudo morir y su mirada era la de una loca. Entonces se abrió un muro y entraste en este cuarto con una habitación que no tiene salidas y en la que estás sentado, contemplándome, en otra soledad semejante a mi vida.
Olga Orozco
Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero. Amé la soledad, la heroica perduración de toda fe, el ocio donde crecen animales extraños y plantas fabulosas, la sombra de un gran tiempo que pasó entre misterios y entre alucinaciones, y también el pequeño temblor de las bujías en el anochecer. Mi historia está en mis manos y en las manos con que otros las tatuaron. De mi estadía quedan las magias y los ritos, Unas fechas gastadas por el soplo de un despiadado amor, La humareda distante de la casa donde nunca estuvimos, Y unos gestos dispersos entre los gestos de otros que no me conocieron. Lo demás aún se cumple en el olvido, Aún labra la desdicha en el rostro de aquella que se buscaba en mí igual que en un espejo de sonrientes praderas, y a la que tú verás extrañamente ajena: mi propia aparecida condenada a mi forma de este mundo.
Ella hubiera querido guardarme en el desdén o en el orgullo, en un último instante fulmíneo como un rayo, no en el tumulto incierto donde alzo todavía la voz ronca y llorada entre los remolinos de tu corazón. No. Esta muerte no tiene descanso ni grandeza. No puedo estar mirándola por primera vez durante tanto tiempo. Pero debo seguir muriendo hasta tu muerte porque soy tu testigo ante una ley más honda y más oscura que los cambiantes sueños, allá, donde escribimos la sentencia: “Ellos han muerto ya. Se habían elegido por castigo y perdón, por cielo y por infierno. Son ahora una mancha de humedad en las paredes del primer aposento”.
Para este día
Reconozco esta hora. Es esa que solía llegar enmascarada entre los pliegues de otras horas; la que de pronto comenzaba a surgir como un oscuro arcángel detrás de la neblina haciendo retroceder mis bosques encantados, mis rituales de amor, mi fiesta en la indolencia, con sólo trazar un signo en el silencio, con sólo cortar el aire con su mano. Esa, la de mirada como un vuelo de cuervo y pasos fantasmales, que venía de lejos con su manto de viaje y las mejillas escarchadas, y se iba bajando la cabeza, de nuevo hasta tan lejos que yo buscaba en vano la huella del carruaje en el pasado. Hora desencarnada, color de amnesia como dibujada en el vacío del azogue, igual que una traslúcida figura enviada desde un retablo del olvido. ¿Y era su propio heraldo, el fondo que se asoma hasta la superficie de la copa, la anunciación de dar a luz las sombras? No supe descifrar su profecía, ese susurro de aguas estancadas que destilan a veces los crepúsculos, ni logré comprender el torbellino de plumas grises con que me aspiraba desde un claro de ayer hasta un vago anfiteatro iluminado por lluvias y por lunas, allá, entre los ventisqueros del irreconocible porvenir; aquí, donde ahora se instala, maciza como el demonio del advenimiento, en su sitial de honor en medio de la asamblea de otras horas, pálidas, transparentes, y me dice que mis bosques son luces extinguidas y aves embalsamadas, que mi amor era erróneo, como un espejo que se contempla en otro espejo, que mi fiesta es un cielo replegado en el sudario de mis muertos. Y se queda esta vez, sin bajar la cabeza.
Para hacer un talismán
Se necesita sólo tu corazón hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios. Un corazón apenas, como un crisol de brasas para la idolatría. Nada más que un indefenso corazón enamorado. Déjalo a la intemperie, donde la hierba aúlle sus endechas de nodriza loca y no pueda dormir, donde el viento y la lluvia dejen caer su látigo en un golpe de azul escalofrío sin convertirlo en mármol y sin partirlo en dos, donde la oscuridad abra sus madrigueras a todas las jaurías y no logre olvidar. Arrójalo después desde lo alto de su amor al hervidero de la bruma. Ponlo luego a secar en el sordo regazo de la piedra, y escarba, escarba en él con una aguja fría hasta arrancar el último grano de esperanza. Deja que lo sofoquen las fiebres y la ortiga, que lo sacuda el trote ritual de la alimaña, que lo envuelva la injuria hecha con los jirones de sus antiguas glorias. Y cuando un día un año lo aprisione con la garra de un siglo, antes que sea tarde, antes que se convierta en momia deslumbrante, abre de par en par y una por una todas sus heridas: que las exhiba al sol de la piedad, lo mismo que el mendigo, que plaña su delirio en el desierto, hasta que sólo el eco de un nombre crezca en él con la furia del hambre: un incesante golpe de cuchara contra el plato vacío.
Si sobrevive aún, si ha llegado hasta aquí hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios; he ahí un talismán más inflexible que la ley, más fuerte que las armas y el mal del enemigo. Guárdalo en la vigilia de tu pecho igual que a un centinela. Pero vela con él. Puede crecer en ti como la mordedura de la lepra; puede ser tu verdugo. ¡El inocente monstruo, el insaciable comensal de tu muerte!
Pavana del hoy para una infanta difunta que amo y lloro
A Alejandra Pizarnik
Pequeña centinela, caes una vez más por la ranura de la noche sin más armas que los ojos abiertos y el terror contra los invasores insolubles en el papel en blanco. Ellos eran legión. Legión encarnizada era su nombre y se multiplicaban a medida que tú te destejías hasta el último hilván, arrinconándote contra las telarañas voraces de la nada. El que cierra los ojos se convierte en morada de todo el universo. El que los abre traza las fronteras y permanece a la intemperie. El que pisa la raya no encuentra su lugar. Insomnios como túneles para probar la inconsistencia de toda realidad; noches y noches perforadas por una sola bala que te incrusta en lo oscuro, y el mismo ensayo de reconocerte al despertar en la memoria de la muerte: esa perversa tentación, ese ángel adorable con hocico de cerdo. ¿Quién habló de conjuros para contrarrestar la herida del propio nacimiento? ¿Quién habló de sobornos para los emisarios del propio porvenir? Sólo había un jardín: en el fondo de todo hay un jardín donde se abre la flor azul del sueño de Novalis. Flor cruel, flor vampira, más alevosa que la trampa oculta en la felpa del muro y que jamás se alcanza sin dejar la cabeza o el resto de la sangre en el umbral. Pero tú te inclinabas igual para cortarla donde no hacías pie, abismos hacia adentro. Intentabas trocarla por la criatura hambrienta que te deshabitaba. Erigías pequeños castillos devoradores en su honor; te vestías de plumas desprendidas de la hoguera de todo posible paraíso; amaestrabas animalitos peligrosos para roer los puentes de la salvación; te perdías igual que la mendiga en el delirio de los lobos; te probabas lenguajes como ácidos, como tentáculos, como lazos en manos del estrangulador. ¡Ah los estragos de la poesía cortándote las venas con el filo del alba, y esos labios exangües sorbiendo los venenos de la inanidad de la palabra! Y de pronto no hay más. Se rompieron los frascos. Se astillaron las luces y los lápices. Se degarró el papel con la desgarradura que te desliza en otro laberinto. Todas las puertas son para salir. Ya todo es el revés de los espejos. Pequeña pasajera, sola con tu alcancía de visiones y el mismo insoportable desamparo debajo de los pies: sin duda estás clamando por pasar con tus voces de ahogada, sin duda te detiene tu propia inmensa sombra que aún te sobrevuela en busca de otra, o tiemblas frente a un insecto que cubre con sus membranas todo el caos, o te amedrenta el mar que cabe desde tu lado en esta lágrima. Pero otra vez te digo, ahora que el silencio te envuelve por dos veces en sus alas como un manto: en el fondo de todo jardín hay un jardín. Ahí está tu jardín, Talita cumi.
Se descolgó el silencio…
Se descolgó el silencio, sus atroces membranas desplegadas como las de un murciélago anterior al diluvio, su canto como el cuervo de la negación. Tu boca ya no acierta su alimento. Se te desencajaron las mandíbulas igual que las mitades de una cápsula inepta para encerrar la almendra del destino. Tu lengua es el Sahara retraído en penumbra. Tus ojos no interrogan las vanas ecuaciones de cosas y de rostros. Dejaron de copiar con lentejuelas amarillas los fugaces modelos de este mundo. Son apenas dos pozos de opalina hasta el fin donde se ahoga el tiempo. Tu cuerpo es una rígida armadura sin nadie, sin más peso que la luz que lo borra y lo amortaja en lágrimas. Tus uñas desasidas de la inasible salvación recorren desgarradoramente el reverso impensable, el cordaje de un éxodo infinito en su acorde final. Tu piel es una mancha de carbón sofocado que atraviesa la estera de los días. Tu muerte fue tan sólo un pequeño rumor de mata que se arranca y después ya no estabas. Te desertó la tarde; te arrojó como escoria a la otra orilla, debajo de una mesa innominada, muda, extrañamente impenetrable, allí, junto a los desamparados desperdicios, los torpes inventarios de una casa que rueda hacia el poniente, que oscila, que se cae, que se convierte en nube.
Si la casualidad es la más empeñosa jugada del destino…
Si la casualidad es la más empeñosa jugada del destino, alguna vez podremos interrogar con causa a esas escoltas de genealogías que tendieron un puente desde tu desamparo hasta mi exilio y cerraron de golpe las bocas del azar. Cambiaremos panteras de diamante por abuelas de trébol, dioses egipcios por profetas ciegos, garra tenaz por mano sin descuido, hasta encontrar las puntas secretas del ovillo que devanamos juntas y fue nuestro pequeño sol de cada día. Con errores o trampas, por esta vez hemos ganado la partida.
Un rostro en el otoño
La mujer del otoño llegaba a mi ventana sumergiendo su rostro entre las vides, reclinando sus hombros, sus vegetales hombros, en las nieblas, buscando inútilmente su pecho resignado a nacer y morir entre dos sueños.
Desde un lejano cielo la aguardaban las lluvias, aquellas que golpeaban duramente su dulce piel labrada por el duelo de una vieja estación, sus ojos que nacían desde el llanto o su pálida boca perdida para siempre, como en una plegaria que inconmovibles dioses acallaran.
Luego estaban los vientos adormeciendo el mundo entre sus manos, repitiendo en sus mustios cabellos enlazados la inacabable endecha de las hojas que caen; y allá, bajo las frías coronas del invierno, el cálido refugio de la tierra para su soledad, semejante a un presagio, retornada a su estela como un ala.
Oh, vosotros, los inclementes ángeles del tiempo, los que habitáis aún la lejanía -ese olvido demasiado rebelde-; vosotros, que lleváis a la sombra, a sus marchitos ídolos, eternos todavía, mi corazón hostil, abandonado: no me podréis quitar esta pequeña vida entre dos sueños, este cuerpo de lianas y de hojas que cae blandamente, que se muere hacia adentro, como mueren las hierbas.
Vuelve cuando la lluvia
Hermanas de aire y frío, hermanas mías: ¿cuál es esa canción que se prolonga por las ramas y rueda contra el vidrio? ¿Cuál es esa canción que yo he perdido y que gira en el viento y vuelve todavía? Era lejos, muy lejos, en las primeras albas de un jardín custodiado por ángeles y ortigas. Cantábamos para siempre la canción. Cantábamos nuestra alianza hasta después del mundo. Era hace mucho tiempo, hermana de silencios y de luna. Era en tu adolescencia y en mi niñez más tierna, cuando apenas te habías asomado a las sinuosas aguas del amor, que te apresaron pronto, y aún te vestías contra nuestro candor con el muestrario de las apariciones: la novia fantasmal, el alma en pena o la mendiga loca; pero al día siguiente eras la paz y el roce de la hierba. Cuando te fuiste, faltó el cristal azul en la canción. Era hace mucho tiempo, hermana de aventuras y de sol. Yo era la más pequeña y seguía tus pasos por sitios encantados donde había tesoros escondidos en tres granos de sal, un ojo de cerradura enmohecida para mirar el porvenir más bello y un espejo enterrado en el que estaba escrita la palabra del supremo poder. Tú inventabas los juegos, las tentaciones, las desobediencias. Fueron tantos los años compartidos en fiestas y en adioses que se trizó en pedazos la canción cuando tu mano abandonó la mía. Hermanas de ráfaga y temblor, hermanas mías, las escucho cantar desde las espesuras de mi noche desierta. Sé que vuelven ahora para contradecir mi soledad, para cumplir el pacto que firmó nuestra sangre hasta después del mundo, hasta que completemos de nuevo la canción.