Te habías quedado todo el día allí, de pie, mirando las montañas, y era, dijiste, alimento para los ojos, corazón quebrantado. Yo pasaba, parece, en el atardecer, andando en bicicleta por un sendero. Lo cuentas y quedo contemplándolo con esperanza, una buena esperanza nodriza de la vejez. Yo lo llamo dulzura, la música dulzura que conforta o hidrata la aspereza. Algunos niños cercanos al autismo, cuando crecen, imprimen o padecen movimiento constante, un ritmo de hombros ajeno a cualquier música, latido, circulatoria sangre propia, sin contacto. Sólo a veces sus ojos buscan engañosamente; no hay dulzura ni aspereza, un sonido interior los envuelve, sangre roja. Contemplo las montañas de tu sueño, busco en ellas tus ojos. Y escruto, sin embargo, el corazón, las junturas y médula, los sentimientos y pensamientos del corazón. Nada hidrata. Nada amortigua. Escrutar es áspero y no lame. Las horas últimas de la vigilia: sabia la disciplina monacal que impone levantarse a maitines. Enjugar, sostener, confortar: mirar la noche. Volver al corazón. Entonces ya la música es azul, azul es la dulzura. Pedir.
De “Caza nocturna” 1997