Tras el cristal, se desconoce el cuerpo, como un hijo que crece, como si jugara y de pronto fuera desconocido. Coloca entonces tu mano en el estómago, la palma abierta, y respira profundo. Al fin somos culpables de quien muere, y también de vivir. Barrios se hacen poblados peligrosos por la noche, hay humaredas, rostros cetrinos junto a fuegos.
De “Ella, los pájaros” 1993