XIX. Injusticia y desigualdad

XIX. Injusticia y desigualdad

1 ¡Oh, qué dolor que en este horno candente donde se ha de fundir la masa humana, sean los crudos más favorecidos con el pan más cocido de la hornada!

Y que en este taller de forma y peso, donde cada uno su porción aguarda, sean los incompletos los que lleven la más completa dote de la fábrica.

Cuando los ojos de las odaliscas son dulce regocijo para el alma, han de ser estudiantes, aprendices y esclavos los que gocen sus miradas.

2 ¿Y por qué un hombre que sólo recibe por su faena un pan para dos días, y que en un tiesto desdentado bebe de la cisterna el agua cristalina,

por qué ha de amoldarse a servidumbre de quien no vale por su propia miga, y ha de rendir su libertad a otro hombre que es su igual por las leyes de la vida?

Oh, Señor, que los mundos has creado: Tú les trazaste una órbita exclusiva, fundaste un orden y equilibrio eternos sin choques, ni ambiciones, ni conquistas:

¿Por qué sólo a esta mísera criatura le diste una alma inquieta e infinita? ¿Debe romper el orden de los mundos? ¿Debe alterar el fiel de tu justicia?

3.- Místicas

I. Moisés y Jesús

Llegó el instante en que la tierra entera va a adornarse de gracias y verdura, y de Moisés por entre la espesura la mano evocará a la Primavera;

En que, animados del divino aliento De Jesús vivo que en los campos yerra, van a surgir del fondo de la tierra los retoños, al sacro encantamiento.

Y la nube, al pasar, del rayo herida, hará llover sus lágrimas de vida. * * *

II. Pecado y perdón

¿Por qué tanto llorar por tu pecado, sabio Khayyám? ¿Qué suerte de consuelo halla tu alma en arrojarte al suelo en un auto-tormento así extremado?

Tú sabes, por tu ciencia y tu cordura, que el perdón tras la culpa gustarías: ¿Cómo, pues, sin pecar conocerías del Perdón la eucarística dulzura? * * *

III. Sordos y ciegos

¡Oh, eterna tragedia humana! En pos de Ti el mundo entero corre, indaga y peregrina por mares y por desiertos.

Los derviches y magnates, con su oro y sus privilegios, no han podido aproximarse hasta tu divino asiento.

En tanto, en todo lenguaje, Tu nombre es música y verbo; pero todos están sordos para oírlo y conocerlo.

Todos tu visión ansían; te llaman con loco anhelo; Tú apareces, Tú iluminas… ¡Pero todos están ciegos! * * *

IV. Vuelo inútil

Tuve un Edén, de mil que el cielo encierra, sin cuitas y sin dudas ni temores; y un día, ansiando ver cosas mejores, como un halcón lancéme hacia la tierra.

Mas ¡ay! desde que aquí llegué, perdido, solo, con los secretos de mi ciencia, no hallo alma digna de mi confidencia… y huyo de nuevo por donde he venido. * * *

V. Círculo vicioso

¡Oh, rueda eterna del cielo que no para un solo día, cómo tu voltear me hastía, cómo mi descanso anhelo!

En vano mi ciencia apuro por librarme de su giro; en vano a esa dicha aspiro y al mismo Creador conjuro:

Rebelde a mi condición, ni mi ciencia es suficiente, ni puedo infinitamente seguir esta rotación… * * *

VI. La gota de agua y el océano

La gota de agua del mar, desprendida y solitaria, en playa inhospitalaria, triste se puso a llorar.

El Océano al sentir tan tierna lamentación de aquella separación, la piedad le hizo sonreír.

-«Hija mía, entre los dos hay una sola unidad, y sobre esta inmensidad no hay más grandeza que Dios.

«Entre tu cuerpo y el mío nunca la extensión verás: nadie medirá jamás la inmensidad del vacío». * * *

VII. La caída de las hojas

EL aura primaveral despierta al jardín, mimosa, y el ruiseñor, por la rosa entona su himno nupcial.

Bajo la aromada sombra de los tupidos rosales, en las horas estivales reposa en la muelle alfombra.

Sus pétalos al caer sobre ti, te irán diciendo: -«Como tú, vamos volviendo hacia donde fué el nacer». * * *

VIII. ¿Y después?

Que a esta vida la has vivido piensa, como lo has querido: ¿Y después?

Imagínate, confiado, que tu hora última ha llegado: ¿Y después?

Que cien años transcurrieron y tu plena dicha vieron, sin pesares, sin enojos, y al colmo de tus antojos: ¿Y después?

Pídele a tu fantasía cien años más todavía: Los dioses que todo pueden cien años más te conceden… ¿Y… después? * * *

IX. Represalia

Anoche, en un arrebato, después de vaciar mi vino, en las piedras del camino rompí mi copa, insensato.

Era la embriaguez, por cierto, la que tal acto inspiró: Mas lo que la copa habló me dejó de asombro yerto:

-«De tu misma esencia fuí y tú de mi esencia fuiste; lo que tú de mí hiciste el Destino hará de ti». * * *

X. ¿Qué hacer?

I Armado de albedrío y de razones guerra sin tregua libro a mis pasiones: ¿Qué más hacer?

La aguda espina del remordimiento de mis actos, aguza mi tormento: No sé qué hacer.

No cesa mi conciencia de acusarme, ni cesa tu piedad de perdonarme: ¿Qué debo hacer?

Mas el saber que sabes mi vergüenza, ¡Oh!, no hay consuelo que esta angustia venza: ¡Oh, Dios, qué hacer!

II Cuanto de humano y de divino encierra mi ser, Tú sólo hiciste de agua y tierra: Yo ¿qué he de hacer?

Esta seda, esta lana que he vestido, el artista eres Tú que la ha tejido: Yo ¿qué he de hacer? Todo el bien, todo el mal que yo he sembrado, de Ti vienen, que me has predestinado: Yo ¿qué he de hacer?


XI. Mi último amigo

Yo mismo cerré la puerta que siempre mantuve abierta, del pecado, y libre de aparcerías y de infieles compañías he quedado.

Y después de mi castigo sólo me quedó un Amigo para amar: A Él puedo sin opresiones mis más puras ideaciones revelar.

Por su saber infinito, definir no necesito lo que es y lo que pasó: Él de mí todo lo sabe, y de nuestro amor la clave sólo leemos Él y yo. * * *

XII. Transubstanciación

Mira esta copa transparente: era, antes de modelada, ruda arcilla, y revela al trasluz la maravilla de un alma en sus entrañas prisionera.

De magos y rabinos en la idea, con los blancos jazmines la comparan, de donde en mística eclosión brotaran las sanguinosas rosas de Judea.

Mas no -¿qué he dicho?- ni jazmín, ni rosa; el destello del vino me alucina: Ya no veo la copa que fascina, ni el néctar de la viña prodigiosa.

Libre ya del sopor de la taberna veo, sí, una visión clara y distinta: era una agua translúcida y eterna que de un divino fuego estaba encinta. * * *

XIII. La sombra del astro

Oh, alma, si te vieses en libertad, un día, de las cadenas de la carne vil, ¡con qué diáfana albura tu esencia irradiaría entre las rosas blancas del místico pensil!

Sólo así fueras alma, en toda la pureza de la gracia en su etérea plenitud, y al firmamento irías de la inmortal belleza, a ser la nueva Estrella, la estrella Excelsitud.

Ah, tan sólo una sombra la claridad velara del halo de tu éxtasis astral: Cuando el vago recuerdo a tu mente asomara de los lejanos días de tu vida mortal. * * *

XIV. La visión de lo eterno

Porque del vino la ilusión te ofusca te dan pavor la muerte y el olvido, y el rayo de oro nunca has percibido del sol eterno que tu alma busca.

Ni ves en tu incurable ceguedad, que en ese abismo que tu miedo inflama, con nueva savia la robusta rama florece ya de la inmortalidad.

Desde que mi alma fuera reanimada por el amor del Hijo de Miriám, en el ungido cuerpo de Khayyám la Muerte Eterna ha sido aniquilada. * * *

XV. El heraldo del sol

Ayer, antes que el Alba despuntara, en compañía de la Amiga leal y de una copa de rosado vino, me hallé junto a un torrente de cristal.

Frente de mí la copa, concha fina, Cuya fluida perla un brillo tal esparcía, que todo el firmamento quedó envuelto en un nimbo sideral.

El Heraldo del Sol, de pronto herido por la súbita lumbre, se despierta y el clarín lanza al mundo adormecido del nuevo día el jubiloso alerta. * * *