Redimí mi carne, la inmolé en el sagrado bebedizo de la poesía y me lavé en sus aguas de yerbas perfumadas. Me liberté en el mítico olor del lenguaje que me poseyó en los sueños. Todo será conmigo en la hora inviolable, todo se irá conmigo, el polvo de la luna, tus uñas desgarrando mi fastidio, el olor inviolable del deseo. Los perros hambrientos del lenguaje han dejado su presa abandonada en el silencio. -Me duele el lenguaje que agoniza tercamente entre mis carnes- Olvídame con tu recuerdo me desciendes, me detienes. -Lo perdido nunca más será hallado- Déjame en la edad del olvido. Un día me uní a esta violenta caravana y la destrocé como a una jaula de gorilas, destrocé la nave en que se detuvo el desespero, la incineré como carne sagrada y su polvo me dio la dimensión del tiempo y de la muerte. Déjame en la edad de la nada. Déjame ascender hacia el olvido.