Vas y vienes como delicioso mensajero enviado por los dioses y me oyes hablar y hablar con esa deliciosa curvatura de tus labios, dispuesto a corregir con armonioso acierto. Tu rozas el delicado tobillo del amor con la agilidad de un gato. Alargas tus ojos hacia los lechos purpúreos de sueños mientras enciendes tu cotidiano cigarrillo como una luciérnaga que ilumina para capturar la noche. Me parece que estás poseído, ya no hablas, tu lengua se ha secado y tu risa luce como un pequeño regalo envuelto en alas de delgadas mariposas. Ebrio más que Baco deslizas tus movimientos a través de mi cintura. Lentamente, abandonados, somos un par de astros que estallan en la dimensión de un lecho.