Todo el día ha agitado el viento tus cabellos, vida mía.
Yo, mientras tanto, veo cómo el Elba fluye largamente en tus pupilas. Gris es el agua del río, y él baña este día la ribera callada de tu vida y la mía, fundando el recuerdo de una tarde que habrá de llegar mucho después. Gris es, sin duda, el curso anchuroso del Elba, pero en tus ojos, amor mío, el río es azul, azul, azul ternura.
En lo alto, las gaviotas son la libertad. Desde tu rostro las miro girar y volver, ascender y descender, y, a veces, se quedan en un sitio cualquiera oyendo un largo monólogo que clama por el mar.
Yo las sigo viendo en el fondo de tus gestos, por costumbre, muchos meses después.
El viento no te deja en paz los cabellos, vida mía.
Tú, mientras tanto, ignoras lo mucho que te amo este día junto al Elba. Es tal vez la última jornada que estemos junto a él. Y tú, sin embargo, hablas de nosotros, como de algo que estuviera todavía por llegar. Así de grande ha de ser tu deseo de tenerme siempre contigo. Yo, como por descuido, sigo viendo el río en tus ojos, amor mío, y así hubiera querido verlo todos los días de mi vida.
Ahora hemos llegado. El viento se desespera afuera, amargamente.
Mis manos son, entonces, una voluntaria acción de ternura en tus cabellos.
Ya el Elba quedó atrás. Y ahora estamos bajo techo, pero cuando te inclinas sobre mí, preguntando: “¿Dime, qué te pasa?”, mi rostro se hunde sin respuesta en el agua azul que fluye de tus ojos todavía.
Extraído de “Poesía” Casa de las Américas, 1989