Era jueves frente al mar. en Wismar, la ciudad a cuyos píes el Báltico agota el esfuerzo de su biología convertida en gris de frente.
Una mole sin luna ni sol era el pecho del cielo lejano, que también se inclinaba, a lo lejos, sobre el rostro de las aguas para besarlas, suavemente musical y solitario.
El otoño ascendía a los árboles y su canto desnudo era una rama, bajo cuya dimensión sin hojas eran más tristes los vientos, y más amables las piedras y la hierba.
Habíamos caminado sin hablar toda la tarde. Después de las disputas siempre nos buscaba el silencio y era más difícil hablar que amarnos sin palabras. Detrás de nosotros se había quedado tanto paisaje y tanto beso. Los lagos, el tren, el vino. El hotel, los ríos, las estaciones. Los pájaros, y siempre los pájaros.
En Wismar, te asombraron los barcos tan inmensos, tan pequeños, sin embargo, que aún cabían en tus ojos. No lo dije, entonces. Sólo miraba hondamente tu azul convertido en sorpresa.
Y ahora el mar, el Báltico. Jamás había visto mi vida tanto gris reunido, agitándose a la altura de mi norte.
“Sabes, te dije, me marcharé en diciembre”. “Y ya me duele, horriblemente, el último día de noviembre, en el cual comenzarán solo diciembres para mi, para este indio que tú amas, amor mío.”
No dijeron nada tus palabras. Heridas en su vuelo, no alcanzaron a llegar hasta tus labios. Después, largo tiempo después: “Vamos, dijiste. Hace frío ya para los cuatro y para esa flor sobre la arena, tan parecida al cadáver de una estrella.”
Este viernes camino por las calles de mi Guatemala, la ciudad de la que tanto platicaba contigo mi esperanza. Una tímida llovizna gris lo llena todo con su rostro. Escondo bajo mi barato impermeable unos boletines políticos, que no se deben mojar nunca sino con la vista de los hombres. Levanto aún por costumbre el cuello de mi cubrelluvias, y nadie dice nada a mi lado.
En mi país se llama invierno lo que en el tuyo verano. Pero siempre hay sol y nunca nieve en el aire. Es viernes, y siempre será viernes si tú no estás conmigo.
Pero aún seguimos imponiéndonos al frío, y seguimos viviendo. Y aquí, junto a la bandera que amo, me iluminan todavía tus ojos, amor mío.
Extraído de “Poesía” Casa de las Américas, 1989