En el agua te he visto.
En el cielo. En el viento te he visto.
Y en las grandes multitudes.
Con mis labios te he cubierto de otros labios. Y te he perpetuado en los profundos ojos de mis hijos.
En todas partes he puesto mi nombre junto al tuyo. En los árboles y en los veranos que llegan después hasta las hojas. Bajo los puentes con los ríos que se van y ya no regresan nunca más al mismo sitio. En el gallo blanco de la nieve que solía cantar de pie, con el alba en el pico, todos los días del invierno en mi simple cabellera. En los ojos que alzan todavía para mi la suavidad de su lenguaje celeste, y que también te nombran cuando de mi platican con los astros. Yen la ceniza de las calles sin nadie. a media tarde de la noche. En mi coñac, grande y hermoso como el alma del fuego. Yen las alas del pájaro que vuela.
En todas partes, tu nombre. tu gesto de gallarda existencia, ronco y duro.
Y nunca, en ningún sitio, de ti una alegría en común.
Lo sé, y no lo digas, que ya es amargo el sabor de un hijo triste. Es cierto, no se puede exigir un gesto de felicidad de una madre que sufre.
Tú lo sabes, y yo también, en esta noche de otoño que te amo, dulce patria, viendo también lo triste que son las aguas del famoso Danubio. Extraído de “Poesía” Casa de las Américas, 1989