A Cándida Guerrero Natera
Hace ya tiempo que no sé de ti y está la sierra como te gustaba con el otoño. Por Escalonias y por San Calixto a las primeras lluvias han crecido las hierbas y una seña silenciosa me entregan tuya en verdor y aroma. Las ciervas ramonean acebuches y está la brama resonando fiera, en el fragor del monte su sollozo. El venado de sombra taciturna alza la cuerna como un candelabro que incendiara de celo y oro el bosque, y el jaro jabalí híspido bate el hosco ramo prieto de la encina, tal me decías.
Hace ya tiempo que callas, lejana. Mañana de los lunes en el viejo archivo provincial, legajos, cintas rojas de las carpetas, boletines. Todo el oficinal rito perenne se estremecía al aire del lentisco, al varear de juncos en las fugas, al corno inglés en óperas de Weber.
Y queda aún olor de jara y pólvora, en el veraz relato, entre tus manos, hace ya tiempo.
Y pienso en ti y sonrío y me es grata tu memoria, como una prenda usada de abrigo al calofrío de la casa.