Nunca supimos qué pájaro era aquel que cantaba al besarnos…
Al besarnos el alba sería la alondra ilustre, el vano timbalero de Verona, diana floreciendo en el dormido alféizar, salvas inoportunas, diligentes clarines matinales hostigando al amante perezoso su ligera fanfarria.
Nunca supimos qué pájaro era aquel que cantaba…
Que cantaba en la noche, ruiseñor, geiser puro de lágrimas brotando, silenciosa perla de la armonía, copa lívida desbordando tristeza y ebriedad. Voz sacra de la luna. A su conjuro, espectral médium pálido, entre la fronda ensimismada surgen invocadas estatuas.
Nunca supimos qué pájaro era aquel…
Era aquel mirlo blanco que llamaba desde la oscura tarde, cuco, péndulo primaveral pausadamente hiriendo en el recuerdo. Ribera del amor, aparejadas las aves, las sonrisas, golondrinas, paloma de collar, colibrí, pechirrojo, pueblan libres el ámbito.
Nunca supimos qué pájaro…
¿Qué pájaro del frío, aguzanieves del olvido, avefría, nevatilla, trémulas patas sobre ramas yertas, con sus picos hurgando en el sonoro corazón, tronco vivo retumbante, cavaban tumbas al helor del tiempo?
Nunca supimos…
Supimos bien si aquel reclamo era gorjeo artificial, ruedas, tornillos, un jilguero mecánico, espejuelos o canario de cuerda, fidelísima tórtola de latón y purpurina, selvática viuda desolada.
Nunca…
Sí, nunca nos besamos.