Mi canto, para aquél que no sabe mi nombre. Para aquél que no sabe, mi sonrisa. Y mi amor para mí, creciendo ante la luna, alzándose a la luna inmóvil bajo el ropaje rígido, bajo el plegado áureo de su luz y la fugaz diadema de la fiebre ardiendo con su gema misteriosa… Para aquél que no sabe, mi canto y mi sonrisa. Para ti, con tus labios de tierra, que en góndola embriagada pasas suave y silencioso acariciando oscuros cabellos de violines, el mar tiránico y la inhumana dádiva de la música por quien desfalleces y para quien eres sólo un torpe vaso donde ella vierte avara unas gotas falaces de su vino, mientras, alta, en la alta gradería, ella ríe sagrada y desleal. Tu beso vivo para la carne de la humilde madera que la armonía esparce sólo con ser tu espejo, y los puros sonidos, cuando pulsas sombrío el corazón nocturno en las cámaras frías donde arde el tenebrario de la madrugada, acuden a tu mano como trémulas aves sumisas, en espera de la simiente pródiga. Sueñas con escenarios, pesados terciopelos de telones que un éxtasis de aplausos detuviera. Gala de las arañas encendidas y los hombros desnudos por los palcos; perlas enfermas en gargantas níveas y un zumbel de doradas abejas coronándote, Haydn de nuevo… Y la hortensia morada de tus párpados agrandándose lívida, ignorando que hay un pájaro libre en tu ventana picoteando en el cristal sonoro, y la inicial de una muchacha escrita en la manzana que te comes, y un canto para ti, que no sabes mi nombre, para ti que no sabes mi sonrisa.