La estudiante

La estudiante

Oh tú, más dulce, más interminable que la dulzura, carnal enamorada entre las sombras: de otros días surges llenando de pesado polen tu copa, en la delicia. Desde la noche llena de ultrajes, noche como el vino desbocado, noche de oxidada púrpura a ti caí como una torre herida, y entre las pobres sábanas tu estrella palpitó contra mí quemando el cielo. Oh redes del jazmín, oh fuego físico alimentado en esta nueva sombra, tinieblas que tocamos apretando la cintura central, golpeando el tiempo con sanguinarias ráfagas de espigas. Amor sin nada más, en el vacío de una burbuja, amor con calles muertas, amor, cuando murió toda la vida y nos dejó encendiendo los rincones. Mordí mujer, me hundí desvaneciéndome desde mi fuerza, atesoré racimos, y salí a caminar de beso en beso, atado a las caricias, amarrado a esta gruta de fría cabellera, a estas piernas por labios recorridas: hambriento entre los labios de la tierra, devorando con labios devorados

Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy. El río anuda al mar su lamento obstinado.

Abandonado como los muelles en el alba. Es la hora de partir, oh abandonado!

Sobre mi corazón llueven frías corolas. Oh sentina de escombros, feroz cueva de náufragos!

En ti se acumularon las guerras y los vuelos. De ti alzaron las alas los pájaros del canto.

Todo te lo tragaste, como la lejanía. Como el mar, como el tiempo. Todo en ti fue naufragio!

Era la alegre hora del asalto y el beso. La hora del estupor que ardía como un faro.

Ansiedad de piloto, furia de buzo ciego, turbia embriaguez de amor, todo en ti fue naufragio!

En la infancia de niebla mi alma alada y herida. Descubridor perdido, todo en ti fue naufragio!

Te ceñiste al dolor, te agarraste al deseo. Te tumbó la tristeza, todo en ti fue naufragio!

Hice retroceder la muralla de sombra, anduve más allá del deseo y del acto.

Oh carne, carne mía, mujer que amé y perdí, a ti en esta hora húmeda, evoco y hago canto.

Como un vaso albergaste la infinita ternura, y el infinito olvido te trizó como a un vaso.

Era la negra, negra soledad de las islas, y allí, mujer de amor, me acogieron tus brazos.

Era la sed y el hambre, y tú fuiste la fruta. Era el duelo y las ruinas, y tú fuiste el milagro.

Ah mujer, no sé cómo pudiste contenerme en la tierra de tu alma, y en la cruz de tus brazos!

Mi deseo de ti fue el más terrible y corto, el más revuelto y ebrio, el más tirante y ávido.

Cementerio de besos, aún hay fuego en tus tumbas, aún los racimos arden picoteados de pájaros.

Oh la boca mordida, oh los besados miembros, oh los hambrientos dientes, oh los cuerpos trenzados.

Oh la cópula loca de esperanza y esfuerzo en que nos anudamos y nos desesperamos.

Y la ternura, leve como el agua y la harina. Y la palabra apenas comenzada en los labios.

Ése fue mi destino y en él viajó mi anhelo, y en él cayó mi anhelo, todo en ti fue naufragio!

Oh sentina de escombros, en ti todo caía, qué dolor no exprimiste, qué olas no te ahogaron.

De tumbo en tumbo aún llameaste y cantaste de pie como un marino en la proa de un barco.

Aún floreciste en cantos, aún rompiste en corrientes. Oh sentina de escombros, pozo abierto y amargo.

Pálido buzo ciego, desventurado hondero, descubridor perdido, todo en ti fue naufragio!

Es la hora de partir, la dura y fría hora que la noche sujeta a todo horario.

El cinturón ruidoso del mar ciñe la costa. Surgen frías estrellas, emigran negros pájaros.

Abandonado como los muelles en el alba. Sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos.

Ah más allá de todo. Ah más allá de todo.

Es la hora de partir. Oh abandonado!