No te quiero sino porque te quiero...

No te quiero sino porque te quiero…

No te quiero sino porque te quiero y de quererte a no quererte llego y de esperarte cuando no te espero pasa mi corazón del frío al fuego.

Te quiero sólo porque a ti te quiero, te odio sin fin, y odiándote te ruego, y la medida de mi amor viajero es no verte y amarte como un ciego.

Tal vez consumirá la luz de enero, su rayo cruel, mi corazón entero, robándome la llave del sosiego.

En esta historia sólo yo me muero y moriré de amor porque te quiero, porque te quiero, amor, a sangre y fuego.

Oda a la bella desnuda

Con casto corazón, con ojos puros, te celebro, belleza, reteniendo la sangre para que surja y siga la línea, tu contorno, para que te acuestes a mi oda como en tierra de bosques o de espuma, en aroma terrestre o en música marina.

Bella desnuda, igual tus pies arqueados por un antiguo golpe de viento o del sonido que tus orejas, caracolas mínimas del espléndido mar americano. Iguales son tus pechos de paralela plenitud, colmados por la luz de la vida. Iguales son volando tus párpados de trigo que descubren o cierran dos países profundos en tus ojos.

La línea que tu espalda ha dividido en pálidas regiones se pierde y surge en dos tersas mitades de manzana, y sigue separando tu hermosura en dos columnas de oro quemado, de alabastro fino, a perderse en tus pies como en dos uvas, desde donde otra vez arde y se eleva el árbol doble de tu simetría, fuego florido, candelabro abierto, turgente fruta erguida sobre el pacto del mar y de la tierra.

Tu cuerpo, en qué materia, ágata, cuarzo, trigo, se plasmó, fue subiendo como el pan se levanta de la temperatura y señaló colinas plateadas, valles de un solo pétalo, dulzuras de profundo terciopelo, hasta quedar cuajada la fina y firme forma femenina?

No sólo es luz que cae sobre el mundo lo que alarga en tu cuerpo su nieve sofocada, sino que se desprende de ti la claridad como si fueras encendida por dentro.

Debajo de tu piel vive la luna.

Oda a la casa abandonada

Casa, !hasta luego! No puedo decirte cuándo volveremos: mañana o no mañana, tarde o mucho más tarde.

Un viaje más, pero esta vez yo quiero decirte cuánto amamos tu corazón de piedra: qué generosa eres con tu fuego ferviente en la cocina y tu techo en que cae desgranada la lluvia como si resbalara la música del cielo!

Ahora cerramos tus ventanas y una opresiva noche prematura dejamos instalada en las habitaciones.

Oscurecida te quedas viviendo, mientras el tiempo te recorre y la humedad gasta poco a poco tu alma.

A veces una rata roe, levantan los papeles un murmullo ahogado, un insecto perdido se golpea. ciego, contra los muros, y cuando llueve en la soledad tal vez una gotera suena con voz humana, como si allí estuviera alguien llorando.

Sólo la sombra sabe los secretos de las casas cerradas, sólo el viento rechazado y en el techo la luna que florece.

Ahora, hasta luego, ventana, puerta, fuego, agua que hierve, muro! Hasta luego, hasta luego, cocina, hasta cuando volvamos y el reloj sobre la puerta otra vez continúe palpitando con su viejo corazón y sus dos flechas inútiles clavadas en el tiempo.

Oda a la casa dormida

Hacia adentro, en Brasil, por las altas sierras y desbocados ríos, de noche, a plena luna… las cigarras llenaban tierra y cielo con su telegrafía crepitante. Ocupada la noche por la redonda estatua de la luna y la tierra incubando cosas ciegas, llenándose de bosques, de agua negra, de insectos victoriosos:

Oh espacio de la noche en que no somos: praderas en que sólo fuimos un movimiento en el camino, algo que corre y corre por la sombra…

Entramos en la casa nocturna, ancha, blanca, entreabierta, rodeada, como una isla, por la profundidad de los follajes y por las olas claras de la luna. Nuestros zapatos por las escaleras despertaban otros antiguos pasos, el agua golpeando el lavatorio quería decir algo.

Apenas se apagaron las luces las sábanas se unieron palpitando a nuestro sueño. Todo giró en el centro de la casa en tinieblas despertada de súbito por brutales viajeros.

Alrededor cigarras, extensa luna, sombra, espacio, soledad llena de seres, y silencio sonoro…

La casa entonces apagó sus ojos, cerró todas sus alas y dormitorios.

Oda a la esperanza

Crepúsculo marino, en medio de mi vida, las olas como uvas, la soledad del cielo, me llenas y desbordas, todo el mar, todo el cielo, movimiento y espacio, los batallones blancos de la espuma, la tierra anaranjada, la cintura incendiada del sol en agonía, tantos dones y dones, aves que acuden a sus sueños, y el mar, el mar, aroma suspendido, coro de sal sonora, mientras tanto, nosotros, los hombres, junto al agua, luchando y esperando junto al mar, esperando.

Las olas dicen a la costa firme: «Todo será cumplido»

Oda a la jardinera

Sí, yo sabía que tus manos eran el alhelí florido, la azucena de plata; algo que ver tenías con el suelo, con el florecimiento de la tierra, pero cuando te vi cavar, cavar, apartar piedrecitas y manejar raíces supe de pronto, agricultora mía, que no sólo tus manos, sino tu corazón eran de tierra, que allí estabas haciendo cosas tuyas, tocando puertas húmedas por donde circulan las semillas.

Así, pues, de una a otra planta recién plantada, con el rostro manchado por un beso del barro, ibas y regresabas floreciendo, ibas y de tu mano el tallo de la astromelia elevó su elegancia solitaria, el jazmín aderezó la niebla de tu frente con estrellas de aroma y de rocío. Todo de ti crecía penetrando en la tierra y haciéndose inmediata luz verde, follaje y poderío. Tú le comunicabas tus semillas, amada mía, jardinera roja. Tu mano se tuteaba con la tierra y era instantáneo el claro crecimiento.

Amor, así también tu mano de agua, tu corazón de tierra, dieron fertilidad y fuerza a mis canciones.

Tocas mi pecho mientras duermo y los árboles brotan de mi sueño. Despierto, abro los ojos, y has plantado dentro de mí asombradas estrellas que suben con mi canto.

Es así, jardinera: nuestro amor es terrestre: tu boca es planta de la luz, corola, mi corazón trabaja en las raíces.

Oda a la manzana

A ti, manzana, quiero celebrarte llenándome con tu nombre la boca, comiéndote.

Siempre eres nueva como nada o nadie, siempre recién caída del Paraíso: plena y pura mejilla arrebolada de la aurora! Qué difíciles son comparados contigo los frutos de la tierra, las celulares uvas, los mangos tenebrosos, las huesudas ciruelas, los higos submarinos: tú eres pomada pura, pan fragante, queso de la vegetación.

Cuando mordemos tu redonda inocencia volvemos por un instante a ser también recién creadas criaturas: aún tenemos algo de manzana.

Yo quiero una abundancia total, la multiplicación de tu familia, quiero una ciudad, una república, un río Mississipi de manzanas, y en sus orillas quiero ver a toda la población del mundo unida, reunida, en el acto más simple de la tierra: mordiendo una manzana.

Oda a la pobreza

Cuando nací, pobreza, me seguiste, me mirabas a través de las tablas podridas por el profundo invierno. De pronto eran tus ojos los que miraban desde los agujeros. Las goteras, de noche, repetían tu nombre y tu apellido o a veces el salto quebrado, el traje roto, los zapatos abiertos, me advertían. Allí estabas acechándome tus dientes de carcoma, tus ojos de pantano, tu lengua gris que corta la ropa, la madera, los huesos y la sangre, allí estabas buscándome, siguiéndome, desde mi nacimiento por las calles.

Cuando alquilé una pieza pequeña, en los suburbios, sentada en una silla me esperabas, o al descorrer las sábanas en un hotel oscuro, adolescente, no encontré la fragancia de la rosa desnuda, sino el silbido frío de tu boca. Pobreza, me seguiste por los cuarteles y los hospitales, por la paz y la guerra. Cuando enfermé tocaron a la puerta: no era el doctor, entraba otra vez la pobreza. Te vi sacar mis muebles a la calle: los hombres los dejaban caer como pedradas. Tú, con amor horrible, de un montón de abandono en medio de la calle y de la lluvia ibas haciendo un trono desdentado y mirando a los pobres recogías mi último plato haciéndolo diadema. Ahora, pobreza, yo te sigo. Como fuiste implacable, soy implacable. Junto a cada pobre me encontrarás cantando, bajo cada sábana de hospital imposible encontrarás mi canto. Te sigo, pobreza, te vigilo, te acerco, te disparo, te aislo, te cerceno las uñas, te rompo los dientes que te quedan. Estoy en todas partes: en el océano con los pescadores, en la mina los hombres al limpiarse la frente, secarse el sudor negro, encuentran mis poemas. Yo salgo cada día con la obrera textil. Tengo las manos blancas de dar pan en las panaderías. Donde vayas, pobreza, mi canto está cantando, mi vida está viviendo, mi sangre está luchando. Derrotaré tus pálidas banderas en donde se levanten. Otros poetas antaño te llamaron santa, veneraron tu capa, se alimentaron de humo y desaparecieron. Yo te desafío, con duros versos te golpeo el rostro, te embarco y te destierro. Yo con otros, con otros, muchos otros, te vamos expulsando de la tierra a la luna para que allí te quedes fría y encarcelada mirando con un ojo el pan y los racimos que cubrirá la tierra de mañana.

Oda a la tristeza

Tristeza, escarabajo de siete patas rotas, huevo de telaraña, rata descalabrada, esqueleto de perra: Aquí no entras. No pasas. Ándate. Vuelve al Sur con tu paraguas, vuelve al Norte con tus dientes de culebra. Aquí vive un poeta. La tristeza no puede entrar por estas puertas. Por las ventanas entra el aire del mundo, las rojas rosas nuevas, las banderas bordadas del pueblo y sus victorias. No puedes. Aquí no entras. Sacude tus alas de murciélago, yo pisaré las plumas que caen de tu manto, yo barreré los trozos de tu cadáver hacia las cuatro puntas del viento, yo te torceré el cuello, te coseré los ojos, cortaré tu mortaja y enterraré tus huesos roedores bajo la primavera de un manzano.

Oda a las algas del océano

No conocéis tal vez las desgranadas vertientes del océano. En mi patria es la luz de cada día. Vivimos en el filo de la ola, en el olor del mar, en su estrellado vino.

A veces las altas olas traen en la palma de una gran mano verde un tejido tembloroso: la tela inacabable de las algas. Son los enlutados guantes del océano, manos de ahogados, ropa funeraria, pero cuando en lo alto del muro de la ola, en la campana del mar, se transparentan, brillan como collares de las islas, dilatan sus rosarios y la suave turgencia naval de sus pezones se balancea ¡al peso del aire que las toca!

Oh despojos del gran torso marino nunca desenterrado,, cabellera del cielo submarino, barba de los planetas que rodaron ardiendo en el océano. Flotando sobre la noche y la marea, tendidas como balsas de pura perla y goma, sacudidas por un pez, por un sol, por el latido de una sola sirena, de pronto en una carcajada de furia, el mar entre las piedras del litoral los deja como jirones pardos de bandera, como flores caídas de la nave. Y allí tus manos, tus pupilas descubrirán un húmedo universo de frescura, la transparencia del racimo de las viñas sumergidas, una gota del tálamo marino, del ancho lecho azul condecorado con escudos de oro, mejillones minúsculos, vedes protozoarios. Anaranjadas, oxidadas formas de espátula, de huevo, de palmera, abanicos errantes golpeados por el inacabable movimiento del corazón marino, islas de los sargazos que hasta mi puerta llegan con el despojo de los arcoiris, dejadme llevar en mi cuello, en mi cabeza, los pámpanos mojados del océano, la cabellera muerta de la ola.

Oda a los números

Qué sed de saber cuánto! Qué hambre de saber cuántas estrellas tiene el cielo!

Nos pasamos la infancia contando piedras, plantas, dedos, arenas, dientes, la juventud contando pétalos, cabelleras. Contamos los colores, los años, las vidas y los besos, en el campo los bueyes, en el mar las olas. Los navíos se hicieron cifras que se fecundaban. Los números parían. Las ciudades eran miles, millones, el trigo centenares de unidades que adentro tenían otros números pequeños, más pequeños que un grano. El tiempo se hizo número. La luz fue numerada y por más que corrió con el sonido fue su velocidad un 37. Nos rodearon los números. Cerrábamos la puerta, de noche, fatigados, llegaba un 800, por debajo, hasta entrar con nosotros en la cama, y en el sueño los 4000 y los 77 picándonos la frente con sus martillos o sus alicates. Los 5 agregándose hasta entrar en el mar o en el delirio, hasta que el sol saluda con su cero y nos vamos corriendo a la oficina, al taller, a la fábrica, a comenzar de nuevo el infinito número 1 de cada día.

Tuvimos, hombre, tiempo para que nuestra sed fuera saciándose, el ancestral deseo de enumerar las cosas y sumarlas, de reducirlas hasta hacerlas polvo, arenales de números. Fuimos empapelando el mundo con números y nombres, pero las cosas existían, se fugaban del número, enloquecían en sus cantidades, se evaporaban dejando su olor o su recuerdo y se quedaban los números vacíos.

Por eso, para ti quiero las cosas. Los números que se vayan a la cárcel, que se muevan en columnas cerradas procreando hasta darnos la suma de la totalidad de infinito. Para ti sólo quiero que aquellos números del camino te defiendan y que tu los defiendas. La cifra semanal de tu salario se desarrolle hasta cubrir tu pecho. Y del número 2 en que se enlazan tu cuerpo y el de la mujer amada salgan los ojos pares de tus hijos a contar otra vez las antiguas estrellas y las innumerables espigas que llenarán la tierra transformada.

Oda a una estrella

Asomando a la noche en la terraza de un rascacielos altísimo y amargo pude tocar la bóveda nocturna y en un acto de amor extraordinario me apoderé de una celeste estrella.

Negra estaba la noche y yo me deslizaba por la calle con la estrella robada en el bolsillo. De cristal tembloroso parecía y era de pronto como si llevara un paquete de hielo o una espada de arcángel en el cinto.

La guardé temeroso debajo de la cama para que no la descubriera nadie, pero su luz atravesó primero la lana del colchón, luego las tejas, el techo de mi casa.

Incómodos se hicieron para mí los más privados menesteres.

Siempre con esa luz de astral acetileno que palpitaba como si quisiera regresar a la noche, yo no podía preocuparme de todos mis deberes y así fue que olvidé pagar mis cuentas y me quedé sin pan ni provisiones.

Mientras tanto, en la calle, se amotinaban transeúntes, mundanos vendedores atraídos sin duda por el fulgor insólito que veían salir de mi ventana.

Entonces recogí otra vez mi estrella, con cuidado la envolví en mi pañuelo y enmascarado entre la muchedumbre pude pasar sin ser reconocido. Me dirigí al oeste, al río Verde, que allí bajo los sauces es sereno.

Tomé la estrella de la noche fría y suavemente la eché sobre las aguas.

Y no me sorprendió que se alejara como un pez insoluble moviendo en la noche del río su cuerpo de diamante.

Oda al átomo

Pequeñísima estrella, parecías para siempre enterrada en el metal: oculto, tu diabólico fuego. Un día golpearon en la puerta minúscula: era el hombre. Con una descarga te desencadenaron, viste el mundo, saliste por el día, recorriste ciudades, tu gran fulgor llegaba a iluminar las vidas, eras una fruta terrible, de eléctrica hermosura, venías a apresurar las llamas del estío, y entonces llegó armado con anteojos de tigres y armadura, con camisa cuadrada, sulfúricos bigotes, cola de puerco espín, llegó el guerrero y te sedujo: duerme, te dijo, enróllate, átomo, te pareces a un dios griego, a una primaveral modista de París, acuéstate en mi uña, entra en esta cajita, y entonces el guerrero te guardó en su chaleco como si fueras sólo una píldora norteamericana, y viajó por el mundo dejándote caer en Hiroshima.

Despertamos. La aurora se había consumido. Todos los pájaros cayeron calcinados. Un olor de ataúd, gas de las tumbas, tronó por los espacios. Subió horrenda la forma del castigo sobrehumano, hongo sangriento, cúpula, humareda, espada del infierno. Subió quemante el aire y se esparció la muerte en ondas paralelas, alcanzando a la madre dormida con su niño, al pescador del río y a los peces, a la panadería y a los panes, al ingeniero y a sus edificios, todo fue polvo que mordía, aire asesino. La ciudad desmoronó sus últimos alvéolos, cayó, cayó de pronto, derribada, podrida, los hombres fueron súbitos leprosos, tomaban la mano de sus hijos y la pequeña mano se quedaba en sus manos. Así, de tu refugio, del secreto manto de piedra en que el fuego dormía te sacaron, chispa enceguecedora, luz rabiosa, a destruir las vidas, a perseguir lejanas existencias, bajo el mar, en el aire, en las arenas, en el último recodo de los puertos, a borrar las semillas, a asesinar los gérmenes, a impedir la corola, te destinaron, átomo, a dejar arrasadas las naciones, a convertir el amor en negra pústula, a quemar amontonados corazones y aniquilar la sangre.

Oh chispa loca, Vuelve a tu mortaja, Entiérrate en tus manos minerales, vuelve a ser piedra ciega, desoye a los bandidos, colabora tú, con la vida, con la agricultura, suplanta los motores, eleva la energía, fecunda los planetas. Ya no tienes secreto, camina entre los hombres sin máscara terrible, apresurando el paso y extendiendo los pasos de los frutos, separando montañas, enderezando ríos, fecundando, átomo, desbordada copa cósmica, vuelve a la paz del racimo, a la velocidad de la alegría, vuelve al recinto de la naturaleza, ponte a nuestro servicio, y en vez de las cenizas mortales de tu máscara, en vez de los infiernos desatados de tu cólera, en vez de la amenaza de tu terrible claridad, entréganos tu sobrecogedora rebeldía para los cereales, tu magnetismo desencadenado para fundar la paz entre los hombres, y así no será infierno tu luz deslumbradora, sino felicidad, matutina esperanza, contribución terrestre.

Oda al primer día del año

Lo distinguimos como si fuera un caballito diferente de todos los caballos. Adornamos su frente con una cinta, le ponemos al cuello cascabeles colorados, y a medianoche vamos a recibirlo como si fuera explorador que baja de una estrella.

Como el pan se parece al pan de ayer, como un anillo a todos los anillos: los días parpadean claros, tintineante, fugitivos, y se recuestan en la noche oscura.

Veo el último día de este año en un ferrocarril, hacia las lluvias del distante archipiélago morado, y el hombre de la máquina, complicada como un reloj del cielo, agachando los ojos a la infinita pauta de los rieles, a las brillantes manivelas, a los veloces vínculos del fuego.

Oh conductor de trenes desbocados hacia estaciones negras de la noche. este final del año sin mujer y sin hijos, no es igual al de ayer, al de mañana? Desde las vías y las maestranzas el primer día, la primera aurora de un año que comienza el primer día, la primera aurora de un año que comienza, tiene el mismo oxidado color de tren de hierro: y saludan los seres del camino, las vacas, las aldeas, en el vapor del alba, sin saber que se trata de la puerta del año, de un día sacudido por campanas, adornado con plumas y claveles,

La tierra no lo sabe: recibirá este día dorado, gris, celeste, lo extenderá en colinas, lo mojará con flechas de transparente lluvia, y luego lo enrollará en su tubo, lo guardará en la sombra.

Así es, pero pequeña puerta de la esperanza, nuevo día del año, aunque seas igual como los panes a todo pan, te vamos a vivir de otra manera, te vamos a comer, a florecer, a esperar. Te pondremos como una torta en nuestra vida, te encenderemos como candelabro, te beberemos como si fueras un topacio.

Día del año nuevo, día eléctrico, fresco, todas las hojas salen verdes del tronco de tu tiempo.

Corónanos con agua, con jazmines abiertos, con todos los aromas desplegados, sí, aunque sólo seas un día, un pobre día humano, tu aureola palpita sobre tantos cansados corazones, y eres, oh día nuevo, oh nube venidera, pan nunca visto, torre permanente!

Oda al secreto amor

Tú sabes que adivinan el misterio: me ven, nos ven, y nada se ha dicho, ni tus ojos, ni tu voz, ni tu pelo, ni tu amor han hablado, y lo saben de pronto, sin saberlo lo saben: me despido y camino hacia otro lado y saben que me esperas.

Alegre vivo y canto y sueño, seguro de mí mismo, y conocen, de algún modo, que tú eres mi alegría. Ven a través del pantalón oscuro las llaves de tu puerta, las llaves del papel, de la luna en los jazmines, el canto en la cascada. Tú, sin abrir la boca, desbocada, tú, cerrando los ojos, cristalina, tú, custodiando entre las hojas negras una paloma roja, el vuelo de un escondido corazón, y entonces una sílaba, una gota del cielo, un sonido suave de sombra y polen en la oreja, y todos lo saben, amor mío, circula entre los hombres, en las librerías, junto a las mujeres, cerca del mercado rueda el anillo de nuestro secreto amor secreto.

Déjalo que se vaya rodando por las calles, que asuste a los retratos, a los muros, que vaya y vuelva y salga con las nuevas legumbres del mercado, tiene tierra, raíces, y arriba una amapola, tu boca: una amapola. Todo nuestro secreto, nuestra clave, palabra oculta, sombra, murmullo, eso que alguien dijo cuando no estábamos presentes, es sólo una amapola, una amapola.

Amor, amor, amor, oh flor secreta, llama invisible, clara quemadura!

Plena mujer, manzana carnal, luna caliente…

Plena mujer, manzana carnal, luna caliente, espeso aroma de algas, lodo y luz machacados, qué oscura claridad se abre entre tus columnas? Qué antigua noche el hombre toca con sus sentidos?

Ay, amar es un viaje con agua y con estrellas, con aire ahogado y bruscas tempestades de harina: amar es un combate de relámpagos y dos cuerpos por una sola miel derrotados.

Beso a beso recorro tu pequeño infinito, tus márgenes, tus ríos, tus pueblos diminutos, y el fuego genital transformado en delicia

corre por los delgados caminos de la sangre hasta precipitarse como un clavel nocturno, hasta ser y no ser sino un rayo en la sombra.

Sabrás que no te amo y que te amo…

Sabrás que no te amo y que te amo puesto que de dos modos es la vida, la palabra es un ala del silencio, el fuego tiene una mitad de frío.

Yo te amo para comenzar a amarte, para recomenzar el infinito y para no dejar de amarte nunca: por eso no te amo todavía.

Te amo y no te amo como si tuviera en mis manos las llaves de la dicha y un incierto destino desdichado.

Mi amor tiene dos vidas para amarte. Por eso te amo cuando no te amo y por eso te amo cuando te amo.

Si muero sobrevíveme con tanta fuerza pura…

Si muero sobrevíveme con tanta fuerza pura que despiertes la furia del pálido y del frío, de sur a sur levanta tus ojos indelebles, de sol a sol que suene tu boca de guitarra.

No quiero que vacilen tu risa ni tus pasos, no quiero que se muera mi herencia de alegría, no llames a mi pecho, estoy ausente. Vive en mi ausencia como en una casa.

Es una casa tan grande la ausencia que pasarás en ella a través de los muros y colgarás los cuadros en el aire.

Es una casa tan transparente la ausencia que yo sin vida te veré vivir y si sufres, mi amor, me moriré otra vez.

Tú venías

No me has hecho sufrir sino esperar. Aquellas horas enmarañadas, llenas de serpientes, cuando se me caía el alma y me ahogaba, tú venías andando, tú venías desnuda y arañada, tú llegabas hambrienta hasta mi lecho, novia mía, y entonces toda la noche caminamos durmiendo y cuando despertamos eras intacta y nueva, como si el grave viento de los sueños de nuevo hubiera dado fuego a tu cabellera y en trigo y plata hubiera sumergido tu cuerpo hasta dejarlo deslumbrante. Yo no sufrí, amor mío, yo sólo te esperaba.

Tenías que cambiar de corazón y de mirada después de haber tocado la profunda zona de mar que te entregó mi pecho. Tenías que salir del agua pura como una gota levantada por una ola nocturna.

Novia mía, tuviste que morir y nacer, yo te esperaba. Yo no sufrí buscándote, sabía que vendrías, una nueva mujer con lo que adoro de la que no adoraba, con tus ojos, tus manos y tu boca pero con otro corazón que amaneció a mi lado como si siempre hubiera estado allí para seguir conmigo para siempre.

Una canción desesperada

Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy. El río anuda al mar su lamento obstinado.

Abandonado como los muelles en el alba. Es la hora de partir, oh abandonado!

Sobre mi corazón llueven frías corolas. Oh sentina de escombros, feroz cueva de náufragos!

En ti se acumularon las guerras y los vuelos. De ti alzaron las alas los pájaros del canto.

Todo te lo tragaste, como la lejanía. Como el mar, como el tiempo. Todo en ti fue naufragio!

Era la alegre hora del asalto y el beso. La hora del estupor que ardía como un faro.

Ansiedad de piloto, furia de buzo ciego, turbia embriaguez de amor, todo en ti fue naufragio!

En la infancia de niebla mi alma alada y herida. Descubridor perdido, todo en ti fue naufragio!

Te ceñiste al dolor, te agarraste al deseo. Te tumbó la tristeza, todo en ti fue naufragio!

Hice retroceder la muralla de sombra, anduve más allá del deseo y del acto.

Oh carne, carne mía, mujer que amé y perdí, a ti en esta hora húmeda, evoco y hago canto.

Como un vaso albergaste la infinita ternura, y el infinito olvido te trizó como a un vaso.

Era la negra, negra soledad de las islas, y allí, mujer de amor, me acogieron tus brazos.

Era la sed y el hambre, y tú fuiste la fruta. Era el duelo y las ruinas, y tú fuiste el milagro.

Ah mujer, no sé cómo pudiste contenerme en la tierra de tu alma, y en la cruz de tus brazos!

Mi deseo de ti fue el más terrible y corto, el más revuelto y ebrio, el más tirante y ávido.

Cementerio de besos, aún hay fuego en tus tumbas, aún los racimos arden picoteados de pájaros.

Oh la boca mordida, oh los besados miembros, oh los hambrientos dientes, oh los cuerpos trenzados.

Oh la cópula loca de esperanza y esfuerzo en que nos anudamos y nos desesperamos.

Y la ternura, leve como el agua y la harina. Y la palabra apenas comenzada en los labios.

Ese fue mi destino y en él viajó mi anhelo, y en él cayó mi anhelo, todo en ti fue naufragio!

Oh, sentina de escombros, en ti todo caía, qué dolor no exprimiste, qué olas no te ahogaron!

De tumbo en tumbo aún llameaste y cantaste. De pie como un marino en la proa de un barco.

Aún floreciste en cantos, aún rompiste en corrientes. Oh sentina de escombros, pozo abierto y amargo.

Pálido buzo ciego, desventurado hondero, descubridor perdido, todo en ti fue naufragio!

Es la hora de partir, la dura y fría hora que la noche sujeta a todo horario.

El cinturón ruidoso del mar ciñe la costa. Surgen frías estrellas, emigran negros pájaros.

Abandonado como los muelles en el alba. Sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos.

Ah más allá de todo. Ah más allá de todo. Es la hora de partir. Oh abandonado!

Yo aquí me despido, vuelvo…

Yo aquí me despido, vuelvo a mi casa, en mis sueños, vuelvo a la Patagonia en donde el viento golpea los establos y salpica hielo el Océano. Soy nada más que un poeta: os amo a todos, ando errante por el mundo que amo: en mi patria encarcelan mineros y los soldados mandan a los jueces. Pero yo amo hasta las raíces de mi pequeño país frío. Si tuviera que morir mil veces allí quiero morir: si tuviera que nacer mil veces, allí quiero nacer, cerca de la araucaria salvaje del vendaval del viento sur, de las campanas recién compradas. Que nadie piense en mí. Pensemos en toda la tierra, golpeando con amor en la mesa. No quiero que vuelva la sangre a empapar el pan, los frijoles, la música: quiero que venga conmigo el minero, la niña, el abogado, el marinero, el fabricante de muñecas, que entremos al cine y salgamos a beber el vino más rojo.

Yo no vengo a resolver nada.

Yo vine aquí para cantar y para que cantes conmigo.

Yo te soñé una tarde

Mujer, hecha de todas mis ficciones reunidas has vibrado en mis nervios como una realeza llorando en los senderos de la ilusión perdida siempre he sentido el roce de tu ignota belleza.

Marchitando mis sueños y mis buenas quimeras te he forjado a pedazos celestes y carnales como un resurgimiento, como una primavera en la selva de tantos estúpidos ideales.

He soñado tu carne divina y perfumada en medio de un morboso torturar de mi ser, y aunque eres imprecisa, sé como eres, amada, ficción hecha realeza en carne de mujer.

Yo te miro en los ojos de todas las mujeres, te miro pero nunca te he podido encontrar y hay en el desencanto el encanto de que eres, o que serás más bella que una mujer vulgar…

Te sentirán mis sueños eternamente mía brotando de la bruma de todas mis tristezas como germinadora de raras alegrías que avivarán la llama de tu ignota belleza.