Oda a la jardinera

Oda a la jardinera

Sí, yo sabía que tus manos eran el alhelí florido, la azucena de plata; algo que ver tenías con el suelo, con el florecimiento de la tierra, pero cuando te vi cavar, cavar, apartar piedrecitas y manejar raíces supe de pronto, agricultora mía, que no sólo tus manos, sino tu corazón eran de tierra, que allí estabas haciendo cosas tuyas, tocando puertas húmedas por donde circulan las semillas.

Así, pues, de una a otra planta recién plantada, con el rostro manchado por un beso del barro, ibas y regresabas floreciendo, ibas y de tu mano el tallo de la astromelia elevó su elegancia solitaria, el jazmín aderezó la niebla de tu frente con estrellas de aroma y de rocío. Todo de ti crecía penetrando en la tierra y haciéndose inmediata luz verde, follaje y poderío. Tú le comunicabas tus semillas, amada mía, jardinera roja. Tu mano se tuteaba con la tierra y era instantáneo el claro crecimiento.

Amor, así también tu mano de agua, tu corazón de tierra, dieron fertilidad y fuerza a mis canciones.

Tocas mi pecho mientras duermo y los árboles brotan de mi sueño. Despierto, abro los ojos, y has plantado dentro de mí asombradas estrellas que suben con mi canto.

Es así, jardinera: nuestro amor es terrestre: tu boca es planta de la luz, corola, mi corazón trabaja en las raíces.