A Antonio Colinas
No responde la añoranza a la música, sí, al esfuerzo de una armonía celeste y casi hallada. Tañe el laúd y canta: esfuerzo sumo y aún anhela, contempla. Hay un dolor, aunque su cabello orle una franja, de fingidas piedras. Su cuello es recio, cual de varón. Sus ojos perdida la hermosura tienen. Traspasa suave la túnica sus alas. Hay un dolor del aire detenido. Las cuatro cuerdas del laúd tan tensas donde las manos no reposan. El paraíso está perdido en el esfuerzo: no es un ángel quien tanto dolor siente. Hojas de naranjo acompañan tras del azar perdido su memoria. De “Resurrección de la memoria” 1978