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En la larga desolación, de que la luna se tienda sobre mi corazón, aunque yo no lo quiera, de que el pez se agarre a mi voz, sin que yo pueda mover una sola de mis intenciones, atada para siempre a una mesa, a la mesa de un cuarto vacío; en esta larga desolación me permito alguna locura, de cuando en vez, luna quieta, que se agarra a mi ventana, que quiere abrir mi corazón, mi puerta, la llaga la llaga de luz que se ambiciona; la agobiante asfixia de entreabrir esa puerta y ver a alguien, alguien que no soy yo -pero que finge serlo- atada a una mesa, en un cuarto vacío, mientras me ponen una inyección para sobrevivir, mientras la luna se pasea por el fondo verde de mi corazón y mientras alguien, alguien que no soy yo, entreabre esa puerta que da a una habitación, a un cuarto oscuro, oscuridad que se niega a comprender, mientras la luna corre por entre la oscuridad de aquel cuarto vacío, de aquel cuarto, entreabierto, con estantes llenos de luz -llagas abiertas- que se consuman en un sacrificio -que no ha sido pedido-, en ese cuarto, donde alguien, -que no es aquella que no soy yo-, finge dolerse, de una llaga que no da luz, ni se ambiciona. De “Resurrección de la memoria” 1978