Nunca sabrás pronunciar tu nombre, hueco como el vientre que perturba tus sueños. Tu voz suena herida desde tu cuello y no hay piedad para tu nostalgia. Vuelta hacia ti, no eres tú misma, ni es tu pasión, más que un feliz resultado de tu propia codicia. La voz que te prestaban los que huían del sueño, sirve de hueco a tu propia nostalgia. Tu helada sombra te persigue y los vientos del desierto traen tu última imagen. Desde donde te sueño las sombras atraviesan tu enigma. Mi voz no sirve, más que para recorrer el vacío. Todos urdimos tu abandono, hasta que la luz fue más viva que tu propia mortaja. Todos sabemos que has existido y tu inocencia nos conmueve en la tumba. Sin embargo a veces creemos las lágrimas nos devolverán a los sueños. Se abre la puerta de la desolación y el viento nos desvela su enigma. Ya no hay principio para tanta ecuación y los ángulos de los espejos atraviesan la asfixia.
De “Contemplación del destierro” 1982