Todos fuimos Annelein. Yo misma...

Todos fuimos Annelein. Yo misma…

Todos fuimos Annelein. Yo misma alardeé de plenitud en la oquedad alarmante del conflicto. Yo misma planché con cuidado la intersección de la codicia. Nadie descubre su vientre a las estrellas -atentas- a la noche que gime. Nadie desnuda su cuerpo en la oscuridad, para que el frío de la noche lo persiga. Nadie arroja su mano más allá de donde el esfuerzo de su brazo le indica. Verdad es que fuimos rotundos hasta la esterilidad, como la gasa cubre un cadáver podrido. Verdad es que toda negación de la pureza es aún positiva. Las voces redondas de la noche componen sonidos. Entre los pliegues de nuestros labios sentimos, que nunca podrá morir en nosotros la ternura, por la cabal resurrección de los sentidos.

De “Contemplación del destierro” 1982