Una tarde adornada de palomas sublimes la doncella suavemente se peina al sol. Roza en la onda al nenúfar con su pie de arrebol y entibia sus dos manos errantes y morosas tendiendo hacia el ocaso sus transparentes rosas. Una onda inocente recorre en emoción su piel: es que una flauta toca un absurdo son. El músico, que tiene dientes de pedrería, lanza una fútil brisa de sombra y fantasía con el oculto beso que arriesga entre las flores. Fría, ante el dulce juego de llantos y de amores, ni haciéndose divina con una frase sola de rosa, la belleza, gracias a su aureola, en suelta cabellera de mirra perfumada mira, con ojo augusto entre la crencha dorada la luz que antes pasó entre sus manos abiertas. Sobre su espalda húmeda cae una hoja muerta. De la flauta, hasta el agua, cae una gota suave y el pie puro se asusta como una bella ave ebria de sombra… Versión de Edmundo Bianchi