Vivir para contarlo III

Vivir para contarlo III

Agua dulce es el nombre del café y el nombre que me susurraba mi primer amante. Yo no era dulce, la furia asomaba en el verano a lo largo de una partida de ajedrez que iba a durar hasta que los árboles dijeran basta. Todavía es verano, los árboles no dicen basta y la luz sobre el puente marca aquella frágil furia convertida en fronteras, esquirlas de poemas, tesoros que ya no tienen caja de guardar. ¿Qué es escribir sino modificar la respiración de las ciudades? Camino hacia el café de la mano de un marinero ruso que recién bajó de su barco hacia la ginebra oscilando sobre un caminito bordeado de narcisos. En su inglés primitivo puede contarme poco. Me extiende varias fotos entre los vasos ardientes y miro (¿Cuánto hace que estoy despierta y que miro, despierta todo el tiempo para mirar?) Una casa de suburbio, abandonada a un orgullo de sartén, de felpudo, de cafetera lustrada. Con el alma vacía contemplo un perro negro y más atrás, la cicatriz de la derrota en mi propia memoria que también se mira. Salgo de la foto a un umbral, a una noche cálida en una ciudad tan grande que no cree en sí misma, sólo late y en ella por azar nos reconocemos: la piedra oscura del hogar (no sale la mancha, no sale con la esponja y el esfuerzo del brazo y el vértigo de las estrellas mientras espiamos el idéntico gesto del padre y una bandera diferente) Insomnes, reuniremos de a poco nuestra obstinación. ¿Qué fue primero, la orfandad o la herida? Por ahora es el viento el escritor absoluto, el dueño de todas las historias.

De Bulgaria” 1998