La luz talla en el aire una ciudad de oro: espiral o Antinópolis de soles y caléndulas. Como noche en tus brazos, breve fue nuestra dicha. Para poblar tu ida, te adorará mi imperio. Tú no has pasado: vives por siempre en esta llama que consume mi sangre, mientras tu pecho acoge ibis, falucas, palmas, los más bellos ponientes. Mi pasión por lo que huye diviniza tu estatua y, de pronto, devienes inmortal que sonríe. Divino halcón de oro, me es propia tu sustancia. Mis deseos irradian el fulgor de tu gloria y, a tu ausencia, antepongo nuestra proximidad. En la mítica barca, nuestros dobles etéreos surquen, por siempre unidos, la luz del día eterno.
De “Tríptico del Tiempo, la Belleza y la Muerte” 1974- 1976 Cuenca, El Toro de Barro, 1983