Espíritu, Belleza que consagras con tu lumbre el humano pensamiento sobre el que resplandeces, ¿dónde has ido? ¿Por qué cesa tu brillo y abandonas este valle de lágrimas desierto? ¿Por qué el sol no teje por siempre un arco iris en tu arroyo? ¿Por qué cuanto ha nacido languidece? ¿Por qué temor y sueño, vida y muerte ensombrecen el mundo de este modo? ¿Por qué el hombre ambiciona tanto odio y amor, desánimo, esperanza?
Ninguna voz de un ámbito sublime ha respondido nunca a estas preguntas. Los nombres de Demonio, Espectro y Cielo testimonian este inútil empeño: débiles palabras cuyo encanto no suprime de cuanto aquí vemos y oímos el azar, la duda, lo mudable. Sólo tu luz, cual niebla entre montañas o música que el viento vespertino arranca de algún tácito instrumento o cual claro de luna a medianoche, sosiega el sueño inquieto de esta vida.
Amor, Honor, Confianza, como nubes parten y vuelven, préstamo de un día. Si el hombre inmortal fuese, omnipotente, Tú -ignoto y sublime como eres- dejarías tu séquito en su alma. Tú, emisario de los afectos, que creces en los ojos del amante; ¡Tú que nutres al puro pensamiento cual penumbra a una llama que agoniza! No partas cuando al fin llega tu sombra: sin Ti, como la vida y el temor, la tumba es una oscura realidad.
Cuando niño, buscaba yo fantasmas en calladas estancias, cuevas, ruinas y bosques estrellados; mis temerosos pasos ansiaban conversar con los difuntos. Invocaba esos nombres que la superstición inculca. En vano fue esa búsqueda. Mientras meditaba el sentido de la vida, a la hora en que el viento corteja cuanto vive y fecunda nuevas aves y plantas, de pronto sobre mí cayó tu sombra. Mi garganta exhaló un grito de éxtasis.
Hice un voto: a Ti ya cuanto es tuyo dedicaría el ser. ¿No ha sido así? Aún hoy, con inquieto pulso, llamo a los turbios espectros que en sus tumbas acompañan mis horas. En fingidos lugares donde aplico mi espíritu al amor o al estudio, han contemplado conmigo la noche. Saben que la alegría no ilumina mi rostro si no es con la esperanza de que absuelvas al mundo de su oscura esclavitud; de que tú, Terrible Hermosura, concedas cuanto el verso no logra proclamar.
El día es más sereno y más solemne cuando llega la tarde. Y hay un orden en Otoño y un lustre en su horizonte que el estío prohíbe alojo humano hasta hacernos creer que es imposible. Así pues, deja que tu fuerza -talla naturaleza, cuando joven- provea a mi existencia venidera de sosiego, a mí que te venero con cuantas formas te contienen, a mí, hermoso Espíritu, a quien diste el temor de sí mismo y amor al ser humano.
Versión de Gabriel Insuasti