Un jazmín invertido me contiene, una campana de agua, un rubí líquido disuelto en sombras, una aguja de aire y gas dormido, una piel de carnero tendida sobre el mundo, una hoja de álamo inmensamente dulce, cuanto puede vegetal y callado remansarse sobre nuestras cabezas, y la sien y los labios y el dorso de la mano ungir de luz: Tú llegas. Mía, mía como el árbol del cielo de noviembre, la lluvia del que en sus cristales óyela y piensa en ella, el mar de su eco lóbrego, el viento de la cueva donde expira y se sume, pasado el planisferio, la luz de su reflejo en un estanque, el astro de su luz, del tiempo el hombre que lo vivió y luchó para ganarlo, ganando aquél, del silencio la música que un instante ha cesado y se retiene para volcarse luego, un solo río, una sola corriente de oro en pie, inmóvil y cambiante, tal el signo de la centella en el recuerdo, cuando la pensamos y fue, sobre la tapia en cal de nuestra infancia, un aro roto, y aquel fulgor estremeciendo el aire, caliente en las mejillas, glacial luego, cuando la lluvia en chaparrón nos vence y vence a nuestra infancia: toda mía como esa infancia que no tuve, el ruido de una máquina al coser, tarde perlada de cansancio, cortinas fantasmales, unánime el pasillo hacia el balcón y la calle entre rejas, un perfil desconocido, el mío, y en sus ojos otra luz de leyenda, un mundo, salas, caminos, rosas, montes, arboledas, tapices, cuadros, parques de granito, abanicos abiertos, tumba abierta como un ángel de mármol, tumba abierta con coronas y versos, tumba abierta de un niño, tumba oscura, aún mi pelo rizado estaba, tumba abierta al cierzo y la lluvia de otoño, verdes eran ya mis ojos, en mi boca había un lirio, tumba abierta de barro removido, paletadas de estiércol en los ojos de un niño, tumba abierta, venid todos, murió en noviembre y llueve en su piel blanca llueve con la dulzura del otoño y el dolor de la infancia que no tuve y hoy sueño para ti, pues era mía, mía como lo más mío de mí mismo. Yo te he esperado años, y no importa (no debiera importar) que sin tu luz permanezca unas horas, escribiendo poemas al azar, mientras te sé con otras gentes -¿tú la que me sueño, o la que eres?- ida, ajena, en este país tan tuyo de metal y sombra donde no puedo entrar, en este tiempo vivido sólo por y para ti, el tiempo de sala de concierto donde entraste aquel día, y bruscamente te vi partir, sabiéndome a tu lado y queriéndome aún, más desde lejos, donde imposible no sonó mi paso ni mi respiración de amor llegaba a tus cabellos, desde el centro mismo, de la otra vida, el corazón magnético que envolvía en un círculo, hacia arriba, sala y rostros y música ya ti . No debiera importarme que no tenga de este modo en las horas que tú vives lejos de mí, fiel a tu vida propia, para luego en la luz de amor transida de mis ojos reconocerte en mí y latir al unísono los pulsos, astros, flores y frutos del amor; no debiera importarme, mas no sé dar al olvido tantos años muertos, tanta belleza inútil, pues no vista ni gozada contigo, tanto instante que no sentí, pues no sentí a tu lado, toda mi vida antes de abrirme a ti: este jardín, esta terraza misma, el vientre tibio de la noche fuera, las ubres ciegas del pasado, el agua latiendo al fondo de un poema, el fuego crepitando en la cumbre de un poema, la cruz donde confluye el elemento, el círculo o conjuro cabalístico, la pezuña del diablo, los ardides que con mi amor fabrican poesía como metal innoble. Veo el claustro ya en silencio a esta hora de la tarde, mágico en la distancia y la memoria, arropado de sombras indecisas, y tú saliendo, tu cabello suave que ahuyenta las brujas, tu mirada vertida en algo más allá de ti, la astral fosforescencia de tus dientes, el hielo dulce y terso de tus labios, todas las dalias que en tu piel expiran y en cada pliegue de tu cuerpo, y toda la piedad que tus manos me conceden. Irreductiblemente, ¿cómo ves al que te espera, con tus ojos puros? Supiera esto, y tú serías mía, y al esperarte ahora, en esta tarde que existe sólo porque existes tú, la luz que confabula este poema incendiaría nuestra soledad. Ven hasta mí, belleza silenciosa, talismán de un planeta no vivido, imagen del ayer y del mañana que influye en las mareas y los versos; ven hasta mí y tus labios y tus ojos y tus manos me salven de morir.
“Arde el mar” 1966