Cascabeles

Cascabeles

Aquí, en Montreux, rosetón de los ópalos lacustres, hace cincuenta años pergeñaba Hoyos y Vinent la alucinante historia de lady Rebeca Wintergay. Eran sin duda tiempos -belle époque- más festivos, con la vivacidad burbujeante de quien se sabe efímero -atronaban los cañones del káiser la milenaria Europa, nunca el azul de Prusia fue tan siniestro en caballete alguno-. Rubicunda y nostálgica, núbil walkiria de casino y pérgola, la Gran Guerra ascendía, flameantes al viento las barbas dionisíacas de Federico Nietzsche. Tiempos de confusión, Dios nos asista, un hálito estrangulaba los quinqués, ajaba premonitoriamente las magnolias. Algo nacía, bronco, incivil, díscolo, más allá de los espejos nacarados, del tango, las anémonas, los hombros, el champán, la carne nívea, la cabellera áurea, el armiño, los senos de alabastro, la azulada raicilla de las manos marfileñas, el repique, la esquila -¡tan bucólica!- en el prado del beso y la sombrilla. Merecían vivir, quién lo duda, los tilos donde el amor izaba sus corceles, los salones del láudano y porcelana chinesca aromados por el kif de Montenegro. Una canción de ensortijados bucles, una sedeña súplica llegaba de las postales vagamente mitológicas, nebulosamente impúdicas, de los rosados angelotes -púrpura y escayola, rolliza nalga al aire- que presidían los epitalamios. Maceración de lirios, el antiguo gran mundo paseaba sus últimas carrozas por los estanques que invadía el légamo. Y en el aire flotaba ya un olor a velones, a cilicios, a penitenciales ceras, a mea culpa, a reivindicaciones de inalienable condición humana. Yo, de vivir, Hoyos y Vinent, vivo, paladín de los últimos torneos, rompería, rompió la última lanza, rosa inmolada al parque de los ciervos, quemaría, quemó las palabras postreras restituyendo el mundo antiguo, imagen consagrada a la noria del futuro, pirueta final de aquella mascarada precipitada ya sobre el vacío. Yo, de vivir, Hoyos y Vinent, vivo, tanto daríaInos, creedme, para que nada se alterase, para que el antiguo gran mundo prosiguiese su baile de galante armonía, para siempre girando, llama y canción, girando cada vez más, creedme, tanto diéramos, hasta el vértigo girando, Hoyos y Vinent, yo, aún más rápido, siempre, tanto porque aquel mundo no pereciese nunca, porque el gran carnaval permaneciese, polisón, botines, para siempre girando, cascabel suspendido en la nupcial farándula del sueño.