Noche de abril

Noche de abril

La mente en blanco, con claridad celeste de alto zodíaco encendido: cúpula vacía, azul y compacta, forma transparente al abrigo de una forma. Así vuelvo a encontrarme buscando esta calle. Ni está, ni estaba: ahora existe, en levitación, porque la mente la inventa. Asedio adusto, pleito de lo visible y la invisible: llama y consumación. Contornos, inmóvil piedra que cristaliza. Esta noche, tormento de los ojos, tormento que una palabra designa, sin decirlo del todo, como el reflejo de una perla en tinieblas. Ahora los dedos arden con la claridad de una palabra. ¿El sol? El nocturno cuerpo solar, hecho pedazos, rueda cielo abajo, piel abajo. Ni el tacto sabe detener la caída. Incendiado y poderoso. Riegan, de madrugada, las calles, y un silencio nulo de cláxons, en los pasajes húmedos, abre un imperio donde a la piel responde la piel, y el nudo se hace y deshace. Las teas de Orión ven los cuerpos enlazados. Astral escenario de profundos cortinajes sobre el resplandor sonoro. Dices sólo una palabra, la palabra del tacto, el sol que ahora tomo en mis manos, el sol hecho palabra, tacto de la palabra. Y las estrellas, táctiles, inviolados, carro que al deslizarse- al fondo de un vidrio vago se refleja en tu lujo, claridad de espalda y nalgas, el globo detenido, ígneo: el reverso oculta el trueno oscuro del monte de Venus. Brillan dos tinieblas cuando el firmamento mueve galeras y remos, y ahora escucho el oleaje, el chapoteo de los pechos y el vientre, copiados por la noche. La estancia cósmica es la estancia del cuerpo, y la blancura no confunde nubes altas y verde de espuma: todo lo delega, la reenvía todo. Tiemblan, esperando recibir un nombre, las criaturas de la oscuridad, el dibujo de las tenazas de los dos cuerpos, tapiz del cielo, horóscopo giratorio. ¿Un sentido? Todo, ahora, es doble: ’ las palabras y los seres y la oscuridad. Pero, escucha: muy lejos, desde esquinas y faroles nocturnos, vacíos de murmullos, negativo ignorado de magnesio, vengo, mi rostro viene, y ahora este rostro vuelve a ser el rostro mío, como si con un molde me rehicieran los ojos, los labios, todo, en el arduo encuentro de este otro, un trazo dibujado al carbón, que no conozco, que toma posesión del hielo, que me funde y me biela. Es éste el enemigo, el que yo siento, irrisorio y soberbio, ojo o escorpión, el nombre del animal, el antiguo dominio. ¿Lo reclama el amor? Cuando dientes y uñas bordean el azulado coto de la piel, cuando los miembros se aferran, la certeza ¿viene de un fondo más remoto? Curvados, se despeñan los amantes, como las formas minerales, rechazados por la noche que calcina el mundo.