Si pierdo la memoria, qué pureza. En la azul crestería la tarde se demora, retiene su oro en mallas lejanísimas, cuela la luz por un resquicio último, se extiende y me delata como un arco que tiembla sobre el aire encendido. ¿Que esperaba el silencio? Príncipes de la tarde, ¿qué palacios holló mi pie, que nubes o arrecifes, qué estrellado país? Duró más que nosotros aquella rosa muerta. Qué dulce es al oído el rumor con que giran los planetas del agua.