A María José y Octavio Paz
Dictado por el ocaso, por el aire oscuro, se abre el círculo y lo habitamos: transiciones, espacio intermedio. No el lugar de la revelación, sino el lugar del reencuentro. La espada que divide la luz. Del ojo a la mirada, la claridad eterna, el país de los sonidos, la campana que encierra la visión terrestre como el ojo inexorable de la forma floral fija el fuego de un carbunclo. Este ojo ¿ve a mi ojo? Es un espejo de flamas el ojo que ahora me ve. Con sonido de poleas, los ejes de la noche. Desarbolada, naufraga la oscuridad y, a tientas, el sol conoce a la noche.