Existe la lujuria sucia y poderosa -e intermitente como las campanas- que nos encadena y arrastra a ratos desde la raíz del gran deseo -clavada en el centro geométrico de la carne- secretamente atado a las potencias de lo que es nuestra alma -llamada así para entendernos-, la cual lo atiza, lo dirige, lo exalta; y pone en juego, dispara, desenfrenadamente , todos los humores viscosos, toda la ponzoña de la concupiscencia.
Promete, ¡y promete tanto!, cada nueva vez.
Expelimos en tumulto una profunda fuerza. Virtud atesorada en el silencio y la ignorancia de los sistemas íntimos.
Al buen tuntún nos revolcamos, jadeantes, babeantes, imperiosos como césares, perfectos robots de la lascivia, sobre el campo y pretexto de tanta furia, ¡la mujer! ánfora blanda de la voluptuosidad.
Niños frenéticos, perseguimos el goce y lloramos de rabia si nos detienen en la carrera. Carrera que nos llevará a la triste, vergonzosa inercia y desencantada paz; al fin fuente agotada en la amargura.
No sé el porqué -¿quién lo sabe?- de esa agrura de boca, de ese residuo mixto de asco y derrota. ¿Por qué, si es la naturaleza purísima de la propia bestia, la ley enorme de la vida, quien nos mueve cual el viento a las semillas?
¡Humildad, hermanos! Desengañémonos. Por lo visto, así es el amor del hombre, y todos somos hijos de lúbricos ejercicios. No hagamos aspavientos, y disfracémoslos, por dignidad meramente burguesa, con delicados motivos humanitarios, y con la literatura de los trémulos juramentos; y, sobre todo, con mutuas ternuras de corazón a corazón.
Pues, de hecho, estas costumbres son milenarias.
De “Vacaciones pagadas” 1959 Versión de José Batlló