Hija, hermana, nuera, vecina de nadie. Ni madre, entretanto.
Hembra tan sólo, sólo para el hombre.
Y yo me inclino a creer, sencillamente, que el celuloide -cosas que pasan- se rompió.
Había sido un gran señor, ¡y vedlo! Desnudo y pobre como un gusano; le quitaron los hijos y la hacienda, y la lepra lo devora: con un cascote se rasca las costras. Pero le queda un buen consuelo: la peña de la tarde con los amigos.
-¡Mandadme, Majestad! -Me gusta esa vecina. -Está casada, Majestad. -Y él, ¿quién será? -El Capitán Sánchez. -Llévalo al frente. Primera línea. Hoy mismo. Razones de Estado. -¡Mandadme, Majestad!
Súbito vómito a medio digerir, lo ensucia todavía el jugo gástrico del gran pez. De saliva salada regurgita. De cuando en cuando escupe chanquete.
El poeta murió y en la balanza pesó más la hiel que la miel.
Y fue al infierno, el infierno del cual fue comediógrafo.
Es su primer y único huésped, ¿quién con mejor derecho? Lo recorre con aires de empresario entre monstruos de carnaval de Niza y condenados de museo Grévin.
Resulta todo tan modernista y tan inhabitable como él lo imaginó; y por ello es feliz: ¡vanidad de los poetas!
Si no fuese porque, solo y con mala luz, desde hace siglos espera en vano visitantes y espectadores para su desfile de pecados.
A última hora le han enviado, virgilio inútil, al pequeño y servicial Gustave.
¡Qué más da! Ha perdido toda esperanza. Descuelga la muestra, corre el cerrojo, apaga el fuego.
De “Vacaciones pagadas” 1959 Versión de José Batlló